martes 21 de septiembre de 2021
Perfil

Roles cambiados

PODCASTS | Por Juan Ferrari | 01 de August 10:00

Texto de Martín Seré

Era uno de esos atardeceres que no se puede creer que existan. El sol, en un último esfuerzo, tornaba casi púrpura las sierras del Cullín Manzano. La sombra de los cerros se dibujaba sin cortes sobre la superficie del lago que, prácticamente, resultaba un espejo.

El fondo comenzaba a perder esa nitidez que, gracias a la transparencia de nuestras aguas, siempre le hace creer a uno que está al alcance de la mano, y se esfuma unos metros más allá en la progresiva oscuridad azul. Todo era calma y armonía y yo, permanecía observando, extasiado y sin moverme. Un  débil pero ya constante llamado de mi estómago me hizo acordar que casi anochecía y, por lo tanto, una sabia medida sería completar ese grato momento con una cena.

Comenzaron a dibujarse en mi mente las hojas del menú, hasta detenerse en un gran plato de gusanitos y pulgas de agua de aspecto vivo y  tentador. Ese pensamiento fue suficiente para hacerme salir de mi letargo contemplativo. Una rápida mirada alrededor me indicó que ya casi me encontraba en la boca del arroyo. Descendí un par de metros y me nivelé a unos 50 cm del fondo, justo donde la costa cambia abruptamente de dirección, y se pierde en las sombras. A marcha muy lenta vi desfilar debajo de mí  las piedras, la arena, la hojarasca y algunos troncos. La luz, cenital,  se hacía más tenue a cada momento y ya no tendría mucho tiempo.

De pronto lo vi, tan naturalmente mimetizado y  casi imperceptible. Arrastrándose cautelosamente hacia la playa, saltando a veces, se desplazaba un enorme y apetitoso camarón. Como un rayo me lancé hacia abajo y antes de que él pudiera hacer nada, ya se encontraba entre mis fauces. Estaba preparándome para disfrutar la deliciosa sensación de engullir tan preciado bocado, cuando sentí el pinchazo quemándome una mejilla. Más que un pinchazo fue un tirón acertado, como una frenada en seco.

Inmediatamente comprendí mi situación: yo, siempre el más hábil, sutil y desconfiado, había sido finalmente engañado por un señuelo artificial.

Tantos años burlando cucharas de todo tipo y color, esos enormes caimanes anaranjados, pescaditos con formas cada temporada  más estrafalarias, líneas de profundidad y todo clase imaginable de artefacto para atrapar a las pobres truchas. Y ahora, yo, teniendo conocimiento de todo eso, había mordido una mosca artificial, que se vistió de inofensivo camarón.

Mi primera reacción fue nadar desesperadamente hacia el fondo, lo que logré sin encontrar mayor resistencia. Allí, entonces, me di cuenta de que del otro lado de la línea, había alguien tan hábil y experimentado como yo. Sería imposible cortarle el hilo de un tirón sorpresivo porque, cada vez que lo intentaba, él me dejaba correr. Luché en vano por más de 20 minutos, pero, de nada valieron mis intentos de restregar mi cabeza contra el fondo, raspar el hilo contra las piedras o tratar de enredarme en un tronco hundido. Comenzaba fatalmente a agotarme y, por fin, fui arrastrado suavemente fuera del agua y para quedar tendido sobre la arena.

En un momento recordé toda mi vida: mi niñez, siempre plagada de peligros, acechado por otras truchas mayores, el infalible Martín Pescador, las hualas y otras aves; mi alegre juventud sin preocupaciones, atacando, permanentemente, cuanto se moviera cerca de mí; y mi madurez, como padre de miles de alevinos,  rey y señor de mi lugar y respetado por todos; pero ahora, estaba llegando el fin.

Sentí cómo un par de manos me tomaban firmemente pero,  con extremo cuidado, desprendían de mi boca ese anzuelo disfrazado de mosca. Sólo faltaba aquel golpe certero en la nuca, ese que nunca llegó. En cambio, esas mismas manos me giraron suavemente y volvieron a sumergirme y, sacándome del abismo, me tomaron por la cola y hamacaron lentamente para que circulara el agua por mis agallas y así yo descansara. Una vez recuperado, me liberaron con una suave caricia sobre el lomo. Antes de alcanzar la profundidad, llegué a ver una piadosa  sonrisa en el rostro de mi captor. Había salvado la vida. Esas manos no podían ser otras más  que las de un conservacionista. Gracias a ellos, todavía subsistimos. Pero les aseguro que si no intensifican su acción, nuestro exterminio estará muy cerca.

Soy una Salvelinus Fontinalis, que mido unos 70 centímetros de largo y peso más de 5 kilos, prácticamente, un récord en mi especie.

Le adivino el pensamiento; pero sepa que estos accidentes suceden muy pocas veces en la vida y, por lo tanto, ni sueñe con volver a capturarme. De cualquier modo, he aprendido algo más de ese encuentro y espero que usted también.

Nos vemos quizás en otra vida y, por qué no, con los roles cambiados otra vez.

por Juan Ferrari

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