domingo 18 de abril de 2021
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Relatos a cielo abierto: El Magnífico

PODCASTS | Por Juan Ferrari | 28 de February 09:00

Los grandes espacios abiertos son la morada de los dioses. Eso lo sabemos los efímeros desde tiempo inmemorial, casi desde el instante en que el hombre adquirió la capacidad de recordar, es decir, desde que obtuvo la memoria y pudo emplearla para análisis o imaginaciones.
 

El hecho es que los grandes acontecimientos de la mitología se desarrollaron siempre en espacios enormes, a veces con visos de infinito. Allí la imaginación se expande y, por lo tanto, crea. Pero en lo que voy a tratar de reproducir se combinan, estrechamente, la imaginación y la realidad. El espacio abunda porque se trata de las altas cumbres andinas del sur, donde se suceden recovecos umbríos y planicies peladas, que marcan perfectamente la circunferencia del horizonte. En esas, hasta hoy alejadas y solitarias regiones, vive o vivió el ser que motiva esta serie de recuerdos.

Ese ser, o esa imagen, que perdura nítida a través de los años, corresponde al mayor y mejor ciervo que vi en mi vida de cazador. Más de una vez tropecé con él, siempre en los faldeos del Lago Lolog, siempre detrás de los troncos de las lengas altas. Las oportunidades fueron negativas. Alguna vez vislumbré un hueco entre la penumbra del sotobosque, pero fue demasiado fugaz para arriesgar un tiro al boleo. Al fin decidí que se trataba de un espejismo. Lo acepté como una suerte de ofrenda de la montaña hacia mí. Y lo guardé en el cofre de los sueños. Así lo rescato cada tanto.

Esa vez salimos con el “Chino” Carmelo desde el campamento, en el lengal de Cañadón León hacia los filos. Íbamos en busca de una punta de piara que divisamos desde el llano, con unos prismáticos poderosos que me facilitó Leonel López. Según el guía, que era bastante parco y cauteloso, contó “como seis machos grandes”… Hacía rato que cavilaba en mi bolsa de dormir cuando con el cabo del rebenque en la lona me llegó el clásico “son las cinco, don”. Me había ensillado un zaino retacón pero todo músculo. Quemé mis labios en la para nada recomendable taza de aluminio, corrí el encerrado que cubría el cojinillo y me enfundé los guantes forrados. Era una madrugada polar. Los carámbanos de la helada y una breve nieve tempranera hacían más espeso el silencio del bosque. Solamente el resollar de las bestias y mi fabuloso frío.

Cuando se sale tan temprano, además de la distancia y el cuidado de mantenerla, se hace imposible el diálogo. Uno piensa estrategias, supone pasadas fijas, intuye huellas firmes, todo lo que espera y que nunca se cumple. Y lo atesora para musitarlo al oído del guía y recibir la contrapropuesta, allá arriba, donde termina el lengal arrastrado, cuyos árboles son los mismos de abajo, pero menos de una cuarta parte de corpulentos, gracias al frío y a la tierra que ya es muy pobre.

Me dejé caer de la silla y el “Chino” desenfrenó, colocó los bozales, dio soga larga, y seguimos a pie… ¡Cuántos kilómetros caminamos ese día! Arriba, abajo, por las torrenteras secas, por los limpios de piedra, junto a ciénagas chicas, pero no menos peligrosas. Cuando ya veíamos a corta distancia la cadena de picos que marcan el límite con Chile, era “atardecido”, dijo Carmelo y agregó: “Si deja de nevar al oscurecer, menudo frío”.

Repasé mi equipo, una manta, la bolsa y el enceradito que llevaba para usarlo de toldo contra la helada y la lluvia. El chino sencillamente se remitió a su apero y su poncho de Castilla. Del fuego, ni hablar. Las huellas se cruzaban por todos lados y no era cuestión de perder una oportunidad. En la marca divisamos varias hembras y algunos escuderos que no pasaban de las diez puntas. Pero alrededor se había desatado una brama como no recuerdo otra. Tal como adelantó el guía, la nieve cesó con la última claridad. Entones empezó a soplar un sur taimado, que se coló por los resquicios de mi equipo de montaña. Sin dudarlo empuñe la pala Lineman y, con movimientos lentos, empecé a cavar en un retazo de tierra blanca. El Chino me secundó y a los pocos minutos
teníamos una suerte de trinchera, bastante profunda y de piso seco. Con la loneta y una estaca le hicimos el techo. Apenas tomé un café del termito que llevaba en la mochila y mordí con desgano una galleta. El cansancio obró como un sedante.

A veces suelo despertarme exactamente a la hora prefijada antes de dormirme. En este caso me adelanté apenas unos minutos. Las cinco en punto. Todo oscuro alrededor, me quedé inmóvil gozando del imperceptible arribo del día. Iba a levantarme cuando la mano del guía, que también estaba despierto, me sujetó. Con el índice me señalaba para su flanco y me hizo la señal del 2. Aun lo estaba descifrando cuando sonó el bramido. Confieso que estuve en muchas bramas, pero nunca estuve tan cerca del ciervo. Se repitió y en ese instante abandonamos el toldo. Aún no había aclarado del todo, pero el animal estaba a menos de cincuenta metros de nosotros. De pasada alcé el Mauser y seguí al Chino. Ladera abajo, en un calvero bastante estrecho, estaba la piara. 

En un cálculo muy irregular conté más de diez cabezas. La mayoría machos. ¿Y él? Al fin lo vi. Es decir, vi plenamente las dos cuernas, con ambas coronas que superaban, ellas solas, las seis puntas cada una. “Veinte”, musité como una plegaria, “”Súmele dos más”, agregó el Chino. No sé quién me dictó un paso más. Seguramente el escaso blanco que ofrecía la bestia. Lo cierto es que apoyé mi mocasín de suela de goma detrás de una raíz, justo donde había una placa de hielo bien gruesa, que me sostuvo lo suficiente como para que me apoyara, y después me despidió como una ballesta. Allá fueron mis huesos, mi equipo y mi rifle dando vueltas ladera abajo. La estampida de los ciervos estuvo a tono con mi accidente. Apoyado en el codo, con el rifle a cinco metros, vi pasar al trote suave, a mi ciervo.

por Juan Ferrari

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