miércoles 25 de noviembre de 2020
Perfil

Querida Miriam Lewin: perseguir a los que odian es un modo de odiar

POLITICA | Por Edi Zunino | 20 de October 13:33

Antes que nada: conozco a Miriam Lewin bastante bien, en el trato personal y por mentas de gente a la que quiero mucho. Excelente periodista. Gran mujer. Entera. De fierro. Solidaria. Incorruptible. Y no voy a elogiarla por haber sobrevivido a la ESMA, ya que me parece más una suerte (o un milagro) que una conquista personal. Aparte, no creo que ser o haber sido víctima te convierta en un prócer o te dé la razón de por vida. En el fondo, me parece deplorable el uso político de las víctimas, sean víctimas de lo que hayan sido víctimas o sean del partido que sean. Porque, ya que vamos a hablar del odio, pues de eso trata esta columna, creo que nuestra histórica victimización necrofílica es un componente esencial de los eternos discursos del odio.

Hoy, Miriam está al frente de la Defensoría del Público de Servicios de Comunicación Audiovisual. Y armó un revuelo bárbaro al impulsar un observatorio de noticias falsas y agresiones gratuitas en los medios y las redes. Lo bautizó con un juego de palabras: “Nodio”, mezcla de nodo, en cuanto espacio de convergencia, y de No-Odio, en aparente gesto pacificador. Sin embargo, la oposición ve ahí un intento de control o de censura que, corresponde decirlo, no es pura paranoia: reconoce antecedentes en la relación del kirchnerismo con la prensa. (Claro que la oposición tampoco huele a agua de rosas: últimamente no hay “banderazo” en que no sea agredido un periodista, pero ya hemos condenado esas versiones del odio y ahora estamos hablando del bendito “Nodio”).

Trato de ir al grano. Primero, “Nodio”, que, insisto, encierra la idea de No-Odio, me hace acordar a la posmoderna Teoría del No-Lugar, del antropólogo francés Marc Augé, y también al “Ser o No Ser” de Hamlet, que Shakespeare le tomó prestado al viejo Parménides de Elea. Los No-Lugares de Augé, o sea, los shoppings o las mega-estaciones de trenes o aviones, por ejemplo, en realidad son lugares pero que no funcionarían exactamente como tales en lo que hace, digamos, a su habitabilidad. Constituirían un tránsito de tentaciones. Más que de lugares o no-lugares, Augé habla de una época definida ideológicamente por esas súper obras costosísimas, construidas básicamente para “nada”. Por otro lado, el eterno berretín filosófico del “No-Ser” no hace más que ratificar al Ser, aunque por la negativa.

Quiero decir que el No-Odio no existe. Digo más: encierra odio, embellecido en la noble tarea de extirparlo. Por supuesto: el No-Odio, negarse al odio, es aceptar el odio como problema, pero del otro. Según una encuesta de la consultora Proyección que tengo en la mano, la mayoría cree que en nuestra sociedad hay mucho odio, pero sólo una ínfima minoría es capaz de asumir que odia. De nuevo: el odio es un enorme problema… de los otros. De los que no son como yo ni como los míos.  

Odiar al odio constituye una versión del odio, aunque con pretensiones románticas o poéticas... O épicas. En cualquier caso, antiguas. De otro siglo. De cuando se daba una orden y había que cumplirla. Obvio: una orden buena, una orden justa. Asumir un cargo público desde la convicción de que se trata de un puesto de combate, literalmente de combate con casi 40 años de democracia encima, privilegia la provocación por sobre la solución. 

Me imagino que alguien ya está diciendo: ¡pero este tarado está a favor del odio! No importa. Hay libertad para decir lo que se quiera. Pero sí debería quedar claro que prohibir el odio, además de ser algo tan ridículo como decretar el amor, sólo define al emisor de la propuesta como dueño de lo bueno. Impide cualquier clase de diálogo, pero por la positiva. Como si lo promoviera.

En síntesis: parece que los peronistas, tan chochos que quedaron con su último 17 de Octubre, olvidaron a Perón cuando decía que “si no quieren resolver nada, armen una comisión”. Es muchísimo más barato y veloz que una estrategia educativa de largo plazo que incluya la comprensión y el buen uso de los medios de comunicación. En temas tan profundos como estos, la inmediatez, la ansiedad y el consignismo en nombre de la emergencia sólo agravan el problema. Eternizan el odio, yendo al caso.

 

por Edi Zunino

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