miércoles 27 de enero de 2021
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La vacuna anti-Covid podría ser efectiva contra la estupidez argentina

POLITICA | Por Edi Zunino | 04 de December 14:04

El presidente Alberto Fernández parece desesperado por dar buenas noticias y, sobre todo, adjudicárselas. Ha sido un año terrible y la política, como la mayoría de las actividades humanas, se vio desbordada de imprevistos, malas ondas y efectos colaterales varios de la pandemia.

O sea: es comprensible que Fernández sienta la necesidad imperiosa de demostrar que no sólo no se quedó sin nafta, sino que valió la pena que él y no otro haya estado sentado ahí. De todos modos, no debería perder la compostura y celebrar los córner como si fueran goles. Decir que “en esta pandemia fuimos capaces de lograr que no haya argentinos con hambre” suena un poco irritante, sobre todo si la frase viene a cuento, una vez más, de contrapesar las conclusiones de un nuevo informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA que vuelve a arrimar cifras espantosas: 44,2% de argentinos pobres, lo que equivale a más de 20 millones de personas en la lona (en el país de la carne y el poroto de soja) y más del 65% de los menores de 17 años con sus futuros hipotecados, y con ellos el futuro del país en sí mismo. ¡65% de los menores de 17 son pobres en la Argentina!

La respuesta de Alberto Fernández fue pelota afuera porque faltan argumentos para ser optimistas desde los resultados de todas las gestiones de todos los gobiernos en los últimos 10 años. Y porque el coordinador de ese prestigioso observatorio social de la Universidad Católica, que se llama Agustín Salvia, no es ni por las tapas un enemigo del Gobierno: integra desde fines del año pasado la llamada Mesa Contra el Hambre.

Recalquemos una vez más que en un país productor de alimentos como el nuestro, el hambre nunca es tan hambre como en otras partes del planeta, pero hoy tampoco estamos exhibiendo tanta saciedad como en otras partes. El asunto es con qué se comparan las cosas. Y si nos comparamos a nosotros con nosotros mismos, el problema de la Argentina no es el hambre: es la monotonía del fracaso, la monocromía de los discursos, el monosilabismo de nuestra capacidad productiva.

Alberto Fernández tiene una enorme oportunidad histórica. Y no está en los éxitos de su gestión, que tampoco ha sido un desastre, ojo, claro que no: ni me animo a pensar dónde estaríamos parados sin un distribucionista en el Sillón de Bernardino. La oportunidad está en la vacuna, en que otros la hayan descubierto, en que algunos de nosotros puedan fabricarla, en que seamos capaces de distribuirla y aplicarla lo más rápido posible y con la mayor justicia.

¿Por qué la vacuna contra el Covid-19 puede ser, al mismo tiempo, un antídoto contra nuestra propia estupidez? Porque redescubre que hay futuro. Porque permite pensar en reactivar las cosas, más allá de las ansiedades, los aburrimientos y otras patologías psico-sociales, que también afectan pero son secundarias. Una vacuna indica… más bien, recuerda que se debe apostar a la ciencia, porque gracias a la ciencia y vacunas precedentes, entre otros descubrimientos, estamos acá pudiendo ser incluso más sanos y longevos que nuestros bisabuelos.

Una vacuna -una es un decir, porque hay un montón a punto de caramelo ya – no debe tapar el hecho de para qué nos viene a vacunar. Porque no deberíamos ver a la vacuna contra el Covid-19 sólo como una vacuna contra ese virus específico. Digo: el exitismo por el descubrimiento de una vacuna no debería naturalizarse y hacernos olvidar de todas las fallas estructurales deschavadas por la enfermedad y que nos hacían vivir, aun sanos, mucho peor de lo que se debe y de lo que se puede ya sin darnos cuenta de esas fallas producidas por el abandono, la desidia, el desaliento y el desencuentro como manera de expiar todas nuestras culpas en las culpas del otro.

Una buena de Fernández: dice que no quiere volver a aquella normalidad. Muy bien, señor Presidente, se lo votó exactamente para eso: guiarnos hacia esa parte desconocida que se llama inventarnos un futuro que valga la pena. Sin confundir, por una vez, el optimismo con un tiro en el pie.

por Edi Zunino

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