domingo 7 de marzo de 2021
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Epidemia sin control, mentiras que matan y los zánganos del presidente "cobarde”

POLITICA | Por Edi Zunino | 19 de February 11:02

El 24 y 25 de febrero es carnaval. Las autoridades evitan pronunciarse sobre los casos de fiebre alta y vómitos seguidos de muerte que se repiten en los barrios del sur porteño: para qué incomodar a la población arruinándole las fiestas en las calles, si, aunque los augurios son pésimos, no se sabe bien lo que pasa.

Pero el 22 de febrero sale una carta de lectores en el periódico La República. Denuncia que los muertos son a causa del “vómito negro” o fiebre amarilla. La firma un tal Eduardo Wilde, médico de apenas 27 años que va a dejar su huella en la salud pública, el periodismo y la política.

Es febrero de 1871. Exactamente 150 años atrás. Cercan los barrios de San Telmo y La Boca, pero no hay caso: saltan contagios en un conventillo de Retiro entero. En marzo, la epidemia va a ser imparable. Se culpa a los pobres. Se culpa al Riachuelo, que ya viene oliendo muy mal. Se culpa a los correntinos, porque allá y en Misiones también pega fuerte la enfermedad. Nadie sabe todavía que el culpable es un mosquito: el aedes aegipty. El mismo que nos inquieta hoy, pero por el dengue.

El diario La Discusión pública: “Un amigo, doctor en medicina, nos ha participado tristes nuevas respecto a la fiebre amarilla”. Y agrega que su fuente viene de asistir a dos infectados: uno en Cochabamba 82 y otro en Bolívar y Garay.

La negación oficial del problema sanitario se refleja en una columna humorística de La Prensa que demuestra, en verso, que Jair Bolsonaro no tiene el copyright de la “gripezinha”:

“Si te sientes abatido / con dolor en la cintura / o el vientre descompuesto / y en la frente calentura / si hay pesadez en tus ojos / con cierta dosis de chucho / ¡Ay! no tengas miedo / sólo es fiebre amarilla / que aunque mata a medio mundo / es una fiebre sencilla”.

En un mes más, es decir, el 19 de marzo de 1871, los ministros del presidente Domingo Faustino Sarmiento, lo convencen de dejar la ciudad y parte hacia la localidad de Mercedes en un tren acondicionado especialmente.

El diario La Nación, feroz opositor de Sarmiento y propiedad de Bartolomé Mitre, le dedica un editorial titulado “El Presidente huyendo”.

Dice: “Hay ciertos rasgos de cobardía que dan la medida de lo que es un magistrado”.

Sigue: “¿Es posible que haya tanto desprecio por este este pueblo noble e ilustrado? ¿Que lo veamos huir repantigado y lleno de comodidades en un tren oficial, en vez de subir a un carruaje, para recorrer el hogar del dolor, visitar los hospitales y lazaretos, dando ejemplo de un valor cívico que estimularía y levantaría el espíritu público?”.

Se refiere después a la comitiva que acompaña a Sarmiento en el convoy: “Setenta zánganos que causan gastos enormes a la Nación”, los llama. 

Sarmiento se ve obligado a volver por el qué dirán. Aunque no sale a recorrer casas, ni hospitales ni nada, como sí lo hace el expresidente Mitre.

Hasta junio, la fiebre amarilla se lleva a 15.000 habitantes de una ciudad que tenía 180.000. El espanto es general y se termina de llevar puesta a la población afro-argentina. Deja de regalo, además, un nuevo cementerio, la Chacarita, por el caótico desborde de cadáveres en la Recoleta. 

En las alturas, manda la pelea por el mango… El de la sartén, digo, eh.

 

por Edi Zunino

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