martes 22 de septiembre de 2020
Perfil

Clima de rebeldía social: Lilita, Cristina y esa horrible costumbre de prohibir

POLITICA | Por Edi Zunino | 07 de August 12:00

La religión, la política y el periodismo se parecen en que sin audiencia no son nada. El feligrés, el votante y el consumidor de noticias pueden llegar a ser, incluso, la misma persona en sus distintos ejercicios cotidianos, de ahí que iglesias, partidos y medios se presten y tomen prestadas técnicas de las otras disciplinas para captar audiencias amplias y por eso diversas con cierta coherencia por lo menos discursiva.

Pastores o gurúes electrónicos, políticos-analistas y periodistas-militantes fueron el efecto de una revolución tecnológica que se dio sobre todo en el terreno de las comunicaciones, donde el relato de la fe, el de las convicciones y el de los hechos se cruzan, se mezclan y compiten como una nueva Santísima Trinidad. O Constitución. O pacto de lectura.

Yo diría que Elisa Carrió es el producto más acabado de dicho fenómeno tele-político-esotérico en nuestro país. Habla en nombre de Dios y de la Virgen como sacerdotisa; polemiza y anuncia como periodista; y recién después hace lo genuinamente suyo, imprime una boleta y se somete a elecciones. Desde ya que debe incluirse a Cristina Kirchner en el género. Diría que CFK compite con Lilita en el prime time -a veces comentaristas, de a ratos primeras actrices-, aunque la Vicepresidenta profesa otros dogmas, que vendrían a ser, en apariencia, bastante más agnósticos o ideologizados, aunque no menos vehementes hasta rozar -o traspasar- lo autoritario. No incluyo en el reparto a los varones de esta historia, Mauricio Macri y Alberto Fernández, porque el ex presidente carece de talento y el actual no sabemos.

La cuestión es que Carrió ha vuelto al ruedo, ahora para encabezar desde un llano inexistente -¿no se había ido?- la “resistencia pacífica” contra el autoritarismo peronista que se insinúa en la reforma judicial y se comprueba en la prohibición de que la gente pueda juntarse en privado con la excusa de evitar una multiplicación descontrolada de contagios. Dejo afuera la reforma judicial, porque está recontra verde y le faltan kilómetros de debate parlamentario y demás. Quiero hablar de las prohibiciones que opositores como Carrió, Bullrich o Pichetto rechazan, pero que compañeros suyos promueven, como el porteño Rodríguez Larreta o el jujeño Morales, que, a diferencia de aquellos, deben gobernar sobre la realidad pandémica.

Prohibir es obligar a no hacer o a dejar de hacer alguna cosa. Los que asocian la prohibición de reunirse a una dictadura, no entienden -o niegan a propósito haciéndose los bobos- la obligatoriedad de ciertas cosas básicas, como podrían ser las vacunas del calendario oficial. Pues bien: no juntarse es la única vacuna que tenemos. Y las vacunas no son la única obligación que tenemos. Es obligatoria la primaria y el arranque de la secundaria (en la Argentina está prohibido decidir como cuestión privada ser un bruto; mirá si no lo fuera). Es obligatorio votar (mirá la bola que se le daría a las mayorías si no lo fuera).

En realidad, lo prohibido no es juntarse. Sí sería obligatorio no juntarse para evitar contagios en exceso y más muertos por desprotección inmunológica o falta de atención por desborde del sistema. Precisamente, el jujeño Morales -opositor, ¿sí?- acaba de lanzar un grito desesperado de ayuda: quiso abrir con prudencia, lo hizo y ahora le colapsa el sistema sanitario.

Ya que no estamos ni en el pico de la curva ni en la meseta ni en nada previsible, sigamos con la metáfora geográfica. Estamos en un camino de montaña y viene una curva cerrada sobre un precipicio. Lo expresamente prohibido es pasar a otro auto, por más apuro que tengas, para evitar un desastre múltiple. No está prohibido seguir derecho. Sólo un suicida se daría ese permiso.

 

por Edi Zunino

)

Galería de imágenes

En esta Nota

Comentarios

Espacio Publicitario

Espacio Publicitario