domingo 16 de mayo de 2021
Perfil

Revancha Increíble

PODCASTS | Por Juan Ferrari | 02 de May 10:00

Buenos momentos compartidos en familia, la pesca como un vehículo para ejemplificar posibles instancias de la vida, y forjar el carácter de los niños con el deseo de que se conviertan en hombres y mujeres felices.

Texto de Daniel Vadillo.

Que la vida suele dar segundas oportunidades no es nuevo para los que ya acumulamos algo de experiencia; pero cuando, inesperadamente, ocurren cosas tan extrañas, la anhelada revancha no deja de sorprendernos.

Sucedió cuando mis suegros conocieron las sierras de Córdoba y al subir a la cima de un cerro en La Falda, les volvió a la mente su añorada Italia. Afloró la vocación constructora y como para esa generación de trabajo, querer era poder, la familia vio crecer allí una hermosa casa de vacaciones. Mi suegro Vicente, con mágicas manos de carpintero, la fue equipando  con sus mejores realizaciones; por su parte, mi suegra Franca, una de las personas más buenas y serviciales que tuve la suerte de conocer, puso todo su cariño en cada detalle, para que la estadía allí, de familiares y amigos, fuera inolvidable.

Febrero del 97, recuerdos de vacaciones felices y en familia, y otra apacible tarde a orillas del embalse local. Mi hijo Martín, con sus entonces seis años, hacía sus primeras armas con la pesca de mojarras, mientras que Fabi, con apenas tres, correteaba por la costa, y de tanto en tanto, se detenía a observar maravillado las conquistas de su hermano mayor. Todo era alegría, aprendizaje y diversión.

Para introducir a mi hijo en tan noble actividad, yo le había regalado una caña de pescar que usaba para hacer spinning cuando viajaba a los ríos del sur: de dos metros de largo, fibra hueca, impecable color azul y muy liviana, era ideal para funcionar con un mojarrero atado directamente en la puntera. Era su máximo orgullo y la admiración para otros pequeños pescadores. Con tanza del 30, boyita naranja, munición partida al medio y un anzuelo diminuto, encarnado con las lombrices que, a fuerza de pala, conseguíamos a la vera de algún arroyo.

Llegó la hora de la chocolatada y la torta casera de la nona, todo con la caña apoyada en la orilla… y.. la caña que se aleja… ¡Y la caña que se va!
No hubo forma de detenerla; no sé cuántas veces le arrojé mi línea de pejerrey con la esperanza de engancharla, pero todo fue inútil, se alejó flotando metros y metros, la boya fue ganando profundidad y lo último que se vio fue parte del mango de corcho apuntando al cielo, antes de desaparecer por completo en la hondura del lago.

Los llantos de Martín resonaban en el valle y así el desconsuelo era total. Fabi, sin terminar de entender lo que estaba sucediendo, pero asustado de ver el derrumbe de su ídolo, también lloraba ruidosamente.

Costó un buen rato recuperar la calma y que retornara la paz a las sierras. El ánimo fue de a poco mejorando, merienda de por medio, bajo promesas de comprar una caña nueva y organizar futuras salidas de pesca. Intento una explicación lógica para lo que sigue, pero lo único que se me ocurre pensar, es que tan estridentes llantos fueron escuchados desde el Olimpo, o bien, que Neptuno estaba, por entonces, de vacaciones en Córdoba.

Cuando todo se había dado por perdido, en el medio del lago volvió a asomar el mango de la caña. -“¡Papá! ¡La caña está volviendo!”, gritó Martín, sin terminar de creerlo.
Y la caña se venía y se venía flotando hacia nosotros. Solo fue cuestión de permanecer inmóviles un rato, o mejor dicho, una eternidad, hasta que finalmente, se concretó el milagro: la caña azul de Martín pasó navegando ante nuestros ojos y solo fue cuestión de meter un pie en el agua, tirar un manotazo,  un par de impulsos… y afuera.

La caña recuperada y una carpa mediana saltando sobre el pasto, que para el tamaño de mi hijo, lucía como la mismísima ballena Moby Dick. Felicidad total, los festejos, la foto, y a partir de entonces, sumamos a otro fanático de la pesca en el equipo. La amarga derrota y la dulce victoria, el fracaso y el triunfo, como decimos los adultos: “Una de cal y una de arena”.

La vida misma representada en un día de pesca, y una nueva lección aprendida: “Nadie se sienta vencido; aunque parezca imposible, siempre puede haber revancha.”

por Juan Ferrari

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