miércoles 23 de junio de 2021
Perfil

Relatos a cielo abierto: Tren lechero

PODCASTS | Por Juan Ferrari | 09 de May 10:00

Texto de Norberto Rizzi

Este recuerdo llega desde una lejanía impuesta por el paso del tiempo. Envuelto por el humo de una locomotora que transportó las andanzas de un grupo adolescente, hacia territorios de verde frescura, entonces despejados, limpios y fértiles. Allí, donde una felicidad irrepetible marchaba a campo traviesa para llegar hasta el río.

Según las circunstancias, éramos cuatro o cinco los que integrábamos aquel grupo, que por edad y gustos compartidos, se abrazaba estrechamente en un círculo afectivo. Con la pureza de quienes conservaban la capacidad de asombro, pero dejando la infancia y asomados a la vida, para mirarla a los ojos, sin desconfianza. Pescar, cazar y, sobre todas las cosas, explorar la naturaleza, eran el trípode sobre el cual se asentaba la premisa de nuestras excursiones. Y claro, como las posibilidades económicas eran escasas, nos conformábamos con llegar a distintos pesqueros y campos de caza no muy lejanos de la Ciudad de Buenos Aires.  Entre ellos, preferentemente, los que aún se cuentan sobre el río Salado y su área orillante, como en la zona que abarca el pueblo de Villanueva.

Por aquel entonces, a principios de la década del 50, viajar hasta esa meta en medios de transporte colectivo, se presentaba siempre lleno de dificultades. Tanto era así, que casi invitaban a desistir, pero… ¡¿Qué va?! A nadie se le ocurría poner reparo alguno. ¡¿Y dónde habría de hallarse más a gusto el pez que en el agua!?. Antes bien, trasladarnos todos hasta Villanueva tenía sus visos de aventura. Porque de eso se trataba: vivir alternativas distintas a la rutina del estudio o del trabajo; es decir, explorar el mundo que se ofrecía ancho y cristalino, para nuestra sed de conocimientos y nuevas experiencias. Así es como nos repetíamos en las alternativas propias de cada viaje, con idéntico placer y sin reparar en los escollos del caso. Teníamos que abordar un tren  del ex Ferrocarril Roca, a una hora muy temprana pero, en esa época, casi no circulaban transportes públicos en semejante horario. Nada nos acercaba a la estación Liniers, primera etapa, para luego continuar viaje hasta Plaza Once, y desde allí, emprender el último tramo hasta Constitución. ¡Vaya si era complicado el tema! Porque, a todo esto, teníamos que desplazarnos con mucha sobrecarga: las cañas y las cajas de pesca, las carpas y los utensilios de cocina, y todo cuanto hiciera falta para montar el campamento. Era una auténtica odisea llevar a cabo tales excursiones; pero a tanto inconveniente, tanta decisión.

Y allá íbamos, a pie, por la Avenida General Paz, perforando la oscuridad de la noche entre canciones y bromas. La pletórica juvenilia cubría las etapas del plan trazado y al llegar, por fin, a Constitución, abordaba un tren que ya para esos años, era vetusto y pedía a pitazos su jubilación. Pero aquel tren, que estaba ya para el retiro, significaba, para nosotros, la nave de Jasón y sus argonautas, porque nos llevaba hasta el tan deseado “vellocino de oro”. Lenta, muy lentamente, ya que se detenía en muchas estaciones para intercambiar tarros de leche vacíos por otros llenos, lo que motivaba su nombre de tren “lechero”, y hacía que demorara tanto en llegar a Villanueva.    Su tortuguezco avance realmente acalambraba, pero el clan juvenil, lejos de arredrarse, acortaba el tiempo con risas renovadas, animando por contagio a los otros pasajeros. Después, una vez apeados en el pueblito  en  cuestión, se hacía acopio de carne y galletas de campo de sabor inolvidable y se cubría a patacón, por tierra, una distancia de pocos kilómetros, hasta llegar a la orilla del Salado. Y para qué decir de tanta felicidad, una vez acampados bajo un monte de álamos. En ocasiones permanecíamos allí un par de días, y en otras, hasta una semana, según el lapso del que disponíamos. Siempre contentos, siempre conformes, aún cuando fuese muy magra la captura de lisas, pejerreyes, liebres y perdices; en fin, maravillosamente vitales.

Por esa sensación, porque a veces el dios Pan nos acompañó con su flauta mágica, y la diosa Naturaleza nos brindó una cátedra de vida, es que la nostalgia retorna envuelta por el humo de una vieja locomotora. Silbando entre las brumas del pasado, con ronco sonido, tal vez para recordarnos, desde una paradoja, que su asmático andar y su achacoso aspecto nos llevaron a la gloria.

Para fortalecernos y brindarnos una indeleble enseñanza: que en todo viaje, lo que importa no es marchar rápido sino llegar a tiempo; como llegó aquel “tren lechero”, desde una lejanía, por las vías de la añoranza, inexorablemente.

por Juan Ferrari

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