jueves 19 de mayo de 2022
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Pescar de noche

PODCASTS | Por Juan Ferrari | 16 de April 10:00

La pesca deportiva siempre me proporciona momentos de especial alegría; pero, el rito de pescar de noche, desde un muelle, es uno de esos sucesos casi “espirituales”, que puedo experimentar frente al agua. Cuando apoyo un pie sobre la estructura de madera y hormigón que arranca casi  a la altura de los médanos, suelo apurar mis pasos para alcanzar enseguida esa zona en la que empiezo a internarme en la noche marítima, y, casi literalmente, a caminar sobre el agua.

Los sonidos van cambiando gradualmente, porque los propios de una ciudad veraniega van cediendo, y dejando lugar al del golpe de las olas contra los pilotes carcomidos y cubiertos por un abrigo perpetuo de algas tornasoladas y mejillones. En el caso del otrora “Rincón de Ajó”, son cientos de metros los que se atraviesan  hasta arribar a ese amplio morro, que yo percibo  como la  proa de un gran buque, pero lastrado e inmóvil, aunque a mi razón,  cargado de sueños.  

Al llegar me procuro un espacio en los cañeros, sin tener muy en cuenta si haré mis intentos desde el extremo sur o el norte, ya que, invariablemente, sobre la aspiración de obtener grandes peces, se impone el entusiasmo de vivir ese “estar pescando”, como el verdadero fin de todo este asunto. Pronuncio un moderado y a medio voz “Buenas noches, caballeros”, para el que no obtengo muchas respuestas, salvo las de aquellos a los que, la propia singularidad de mi gesto, los mueve a contestar con algún  desconcierto. Sucede que un muelle municipal abierto al público, no funciona como lo hace un club; en aquel,  los detalles de civilidad y cortesía nunca están  incluidos; allí todo es más áspero o, por lo menos, más indiferente, por lo que las alianzas y sonrisas suceden muy pocas veces. Esto es, quizás, un hecho más del que me sirvo,  para convertir todo el momento en la introspección más íntima y silenciosa. Por eso, mi nítido saludo inicial me introduce; me acredita y también  me exime de cualquier otra ceremonia.

Aunque desde que bajo a la arena me acompaña categórico, al momento de hacer el primer lanzamiento se presenta el soberano, el “señor viento”; que, según yo me posicione, se comporta como un socio y amigo, o un opuesto. Sin embargo, los años me fueron enseñando que, como sucede a un tripulante tenaz que navega en ceñida, el mismo apego al mar se traduce en un efecto Venturi,  y  traslada mis aparejos a muchísimos metros, aun contra el viento, si yo hago lo correcto. Descubrir en qué sector puede encontrarse la hondura más promisoria, en toda esa penumbra apenas interrumpida por las luminarias del muelle, es como la lectura de un rabdomante pero sin péndulo, sino con caña.

Y luego, la espera. Dos dedos rozando el hilo, convirtiéndose en finos receptores de todo cuanto pueda suceder cerca del anzuelo susceptible de trasmitirse. Así, dándole la espalda a esa tenue guirnalda de luces que titila en el oeste, se observa  la velada inmensidad salpicada de destellos apenas perceptibles, por esa suave  luminiscencia de la que, en ocasiones, presumen las olas.

Aquella noche, imaginé que una triangulación se sustentaba en estos puntos: la posición que yo ocupaba en el muelle, la ubicación de mi línea sobre el lecho marino,  y una luna creciente, con un resplandor que ondeaba, erráticamente sobre la superficie. Éramos pocos pescadores, quizá producto de los magros frutos que la marea baja de la tarde había entregado, y de que la temporada de verano aún no se definía.

Concreté algunas capturas de peces apenas medianos que en su mayoría devolví a su medio,  porque no creí que completaran una cena. A la incógnita que siempre representa un pez recién clavado en el anzuelo, la oscuridad de la noche le agrega  la postergación del contacto visual, hasta que lo tenemos muy cerca de nosotros y aún así, muchas veces puede resultar un brillo que se agita, indefinido, y que nos impide descubrir su especie. Lo cierto es que si llegamos a asirlo entre las manos, todos los ensueños que nos ocuparon durante la vigilia quedan suspendidos, porque entonces pescamos; y es a eso, también, que  hemos venido.

Es allí cuando la inconexión con el resto de los presentes se interrumpe fugazmente, porque todos miramos lo que pescó el vecino. A veces surge un breve comentario sobre armado de líneas, y hasta de coordenadas hacia dónde es más favorable dirigir el tiro; pero la verdad es que muy pocos están allí  solo por los peces; están allí por la pesca. Ese es el motivo.

Se oyó a un puñado de perros ladrando en la orilla. No supe del todo si a las aves, o que se reclamaban supremacía sobre la atención de alguna única hembra, que elegía compañero para cumplir su destino. Siempre pensé que una curiosa selección natural y de supervivencia, hace que los perros de playa coincidan en su mayoría en portes muy respetables y pelajes espesos. Tal vez esto responda a que sobrevivir a los inviernos húmedos, y procurarse el alimento en pueblos que, por varios meses, son casi fantasmas, deja sin oportunidades a los más pequeños.

Si yo no fuera fotógrafo, además de pescador, tal vez, contemplar la llegada del alba no resultaría tan emocionante para mí. Pero esa amalgama de colores, y la esperanza que me genera ver nacer un nuevo día, me expanden la mirada y los pulmones. Porque pesqué toda la noche, y transité su misterio, pero soy, y así lo supe y lo admití siempre, esencialmente diurno.

Mientras desarmaba cuidadosamente el equipo para emprender la vuelta a la casa, y a esas manos tibias que me esperaban relajadas debajo de la almohada, recuerdo haber tenido, serenamente, estas dos sensaciones:

Supe que, mientras mi cuerpo me respondiera y en el mar hubiera peces, aunque no siempre de noche, solo  y desde los muelles, yo iba a disfrutar de pescar toda mi vida. También experimenté la absoluta certeza de que al volver, luego de aquella dilatada noche de pesca,  y verla despertar y abrir sus ojos dulces para posarse en los míos,  yo estaría viendo amanecer, ya por segunda vez, en el mismo día.

por Juan Ferrari

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