domingo 27 de noviembre de 2022
Perfil

Oyarbide nos espió dos años y medio, todos los días

PODCASTS | Por Edi Zunino | 02 de September 11:59

En términos coloquiales, un esperpento es una cosa o una persona fea, desaliñada, de apariencia ridícula o grotesca. Así que no sé si a Norberto Oyarbide le cabía del todo el adjetivo, porque la fealdad y el desaliño no eran características suyas, aunque acaso sí le cabía el mote por el lado del ridículo y, más aún, el grotesco. Claro que también se le llama esperpento a un género literario que se caracteriza por la presentación de una realidad deformada y caricaturesca y por la degradación de los valores hasta lo más obsceno. Esta Argentina de ficción es tantas veces esperpéntica. Y Norberto Oyarbide fue, casi durante tres décadas, un actor central de la manoseada justicia de este país.

Oyarbide llegó a juez federal con la reforma menemista de los 90, apadrinado por la Policía Federal y por el entonces ministro del Interior, Carlos Vladimiro Corach, que venía a ser el jefe formal de la misma policía. Por personajes como Oyarbide, la expresión Comodoro Py empezó a significar algo en el lenguaje público. Algo polémico. Algo intrigante. Algo engañoso. No por casualidad, la consagración de Comodoro Py coincidió con un gran auge del periodismo de investigación, ya que las denuncias de los medios –sobre todo Página/12 y la revista Noticias- solían tener destino de expediente en los Tribunales Federales porteños. Así, mientras para el periodismo tradicional aquellos jueces deseosos de fama eran nada más que fuentes, para los periodistas de investigación pasaron a ser grandes protagonistas de los relatos del poder.

No debe haber sido fácil ser Oyarbide. Antes que nada, porque los mismos que llevaron a la cumbre a esos magistrados de novela, los tenían muy vigilados y siempre a tiro de juicio político. Marcó un hito negro de la historia judicial argentina el día que aparecieron las fotos y los videos de Oyarbide en “Spartacus”, un prostíbulo gay que la misma policía que apadrinaba a Oyarbide dejaba funcionar tranquilamente pese a dedicarse a una actividad prohibida por la ley. El caso fue el primero en exponer la relación de los bajos fondos urbanos con jueces, con uniformados y con extraños personajes de la noche contratados por el Estado como espías.

En 1998, el juez Oyarbide aceptó dar su primera entrevista formal con la revista Noticias. El escándalo de “Spartacus” ya se había disipado y Noticias estaba en boca de todos por el asesinato de José Luis Cabezas, un año y medio antes en Pinamar. Oyarbide puso una sola condición para la nota: que el director de la revista, Héctor D’Amico, lo visitara en su despacho de Comodoro Py. Ahí, D’Amico, un periodista ya para entonces muy experimentado, se llevó una de las grandes sorpresas de su vida profesional. Oyarbide lo esperaba con una especie de regalo: la copia de un expediente. Resulta que, durante más de dos años, todos los teléfonos de la revista habían estado chupados por una denuncia anónima de narcotráfico que Oyarbide llevó todo ese tiempo sin mandar siquiera una sola cédula de notificación a los presuntos sospechosos. O sea, nosotros. Lo que para Oyarbide era una señal de buena voluntad, para su interlocutor era la prueba de que su intimidad y la de todos sus subordinados en la revista había sido violentada sin ninguna razón en la vida real, como un turbión imperceptible.

Oyarbide volvió a aparecer en la prensa con champán y toallita ya bien entrado este siglo. Entre sus aliados estaban sus mayores enemigos. Le deben estar reconociendo que, al fin y al cabo, era un caballero acorde a los fracs, los moñitos y las galeras que le encantaban: se fue a la tumba sin contar casi nada de todo, todo, todo lo que sabía.

por Edi Zunino

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