martes 21 de septiembre de 2021
Perfil

Corte y confección

PODCASTS | Por Edi Zunino | 05 de May 10:43

En la arena mediática del show político, todas las discusiones llevan el énfasis del “ahora o nunca” y cada triunfo momentáneo es interpretado como una herida mortal, tipo gol al ángulo. Así se vivieron en el oficialismo, en la oposición y en los medios estas dos semanas y un pelito en que la Corte Suprema trató la queja de Horacio Rodríguez Larreta contra el DNU de Alberto Fernández del 16 de abril.

Recién se van cumpliendo las primeras 24 horas del fallo cortesano que reforzó la autonomía porteña. Digamos que todavía transitamos el tiempo lógico en que los ganadores gastan a los perdedores y los perdedores denuncian que les robaron el partido. Pero tal vez mañana o pasado estemos en condiciones de entender que el verdadero problema, que es la pandemia, sigue y no se va a resolver con fallos judiciales ni sería muy práctico, que digamos, que cada decisión para hoy se deba demorar 15 ó 20 días en un tribunal. 

Si miramos este episodio –triste, por cierto- sin la euforia de los supuestos ganadores ni la frustración de los presuntos perdedores, podríamos ver con relativa claridad que ambos tienen algo de razón. Digo, el Presidente que quiere conducir y el Jefe de Gobierno, que pretende preservar su propio margen de maniobra. Convengamos en que a los dos se los votó precisamente para eso. Y seamos adultos…, los conflictos son exactamente eso: choques de razones.

Uno se ha parado en la urgencia de las acciones. El otro, en los reglamentos. Ahí está el problema de judicializar la política. Porque el tiempo de la Política es de ahora en más y el de la Justicia consiste en parar y revisar los manuales. La autonomía porteña es absolutamente constitucional. Sin embargo, toda Constitución puede quedar “vieja” frente a problemas “nuevos” que exigen maniobrar minuto a minuto, como, por ejemplo, el avance de un virus agresivo. Sintetizo: la Política mira hacia adelante y la Justicia, para atrás. Sin equilibrio, mandan los excesos o la parálisis.

Diría que los constituyentes de 1994 estaban más ocupados en el reparto del poder que en la imposible previsión de una catástrofe de contornos medievales como ésta, que vuelve loco al mundo entero. De hecho, el centro de aquella reforma del 94 fue la reelección de Carlos Menem y la autonomía porteña funcionó como uno de los contrapesos logrados por el “no peronismo”. Ahora bien: a ningún constituyente se le ocurrió –y no sería justo condenarlos ahora por eso- que el AMBA iba a ser un territorio epidemiológico único que, desde el sentido común, debe ser conducido con criterios unificados y muy pero muy claros, porque se trata de ordenar a demasiada gente que, encima, está cansada y con el enojo a flor de piel.

No sólo es deseable hacer política sanitaria basados en el acuerdo. Es absolutamente posible, porque así funcionó sin fisuras el año pasado con los mismos protagonistas comunicando lo mismo al mismo tiempo. De hecho, al cabo de estas dos últimas semanas y sin que la Corte Suprema fallara todavía, el Gobierno porteño, ante un nuevo DNU presidencial, flexibilizó su decisión de “aulas abiertas”: suspendió la presencialidad en la educación superior y para adultos; instauró la bimodalidad en el secundario y mantuvo la decisión en la primaria.

Por otra parte, el mismo 16 de abril en esta columna decíamos que la decisión de la Corte iba a llegar, con suerte, cuando se cumplieran los 15 días de vigencia del DNU de la discordia. Y así fue. Cederle la facultad de gobernar una pandemia a la Justicia es condenarnos a ser lentos para no ser arbitrarios. Y a discutir si es peor la enfermedad o el remedio.

En fin…, si lo miramos con calma, lo que decidió la Corte –sin decirlo textual- es que los políticos se pongan de acuerdo y se dejen de embromar con quién es más golpista o más tirano en un año de elecciones democráticas.

 

por Edi Zunino

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