viernes 24 de junio de 2022
Perfil

Adiviná en qué se parecen la “Gestapo” y la reelección eterna

PODCASTS | Por Edi Zunino | 28 de December 11:53

Bertold Brecht decía que un fascista es un pequeño burgués asustado. Quería decir que el problema de los autoritarismos no es la ideología en sí, sino su capacidad para contener los instintos primitivos o desatarlos fuera de control. Y nada más primitivo que el miedo, esa sensación atávica y reactiva a los peligros reales o imaginarios.
Yo diría que el problema con Marcelo Villegas, el ex ministro de María Eugenia Vidal que hubiera querido tener “una Gestapo” para terminar con los sindicatos y los sindicalistas, no es su versión primitiva y frívola del fascismo en sí, sino que lo hayan tenido en ese puesto durante cuatro años. Porque conducir nada menos que el Ministerio de Trabajo debería ser considerado, como pocos, un puesto para reconocer los conflictos y ayudar a resolverlos.

Esa cámara oculta es la condensación más brutal y sin filtro de que el Teorema de los CEOs que nos quiso imponer el macrismo como santo remedio era una tremenda falacia, ya que ser parte del conflicto puede llegar a resultar el peor lugar para resolverlo y lo natural, es decir, la zona psicológica de confort, puede pasar por anular el apremio suprimiendo uno de sus polos con pretendida naturalidad. Como especialista en Recursos Humanos en grandes empresas de los más variados rubros, Villegas, por lo visto, se formó una idea reactiva, parcial y sobre todo anti-política del mundo laboral al que pertenecía. Fue a la función pública a coronar su actividad privada, cuando tantas veces son agua y aceite.

Ahora, los muchachos del PRO hacen cola para pegarle a Villegas, pero insisto: estuvo ahí cuatro años, no debe haber dicho esas cosas sólo esa vez y esa vez no estaba solo, sino con otros funcionarios, algún intendente y empresarios. Todos sabían que Villegas tenía deseos de “Gestapo” cuando sus deseos eran los deseos de un mandatario público. Es más: digamos que la “Gestapo” existía, sólo que los estaba grabando de afano a él y a sus interlocutores en una oficina del Estado. Por su parte, los sindicalistas deberían pagarle bien a Vidal y a Villegas por la mejor publicidad victimizante que se les ha hecho en décadas. 
El Caso Villegas explotó en coincidencia con esta otra controversia bastante noventista que se está dando sobre las reelecciones de los intendentes y que la propia Vidal considera una conspiración en su contra, incluso desde adentro de Juntos por el Cambio. Más allá de dónde termine el tema y cuál sea la letra chica para que Martín Insaurralde, Jorge Macri o cualquiera vuelva a ser intendente todo el tiempo que le dé el cuero electoral, el tema tiene un fondo bastante parecido al anterior: la Argentina no termina de encontrar una respuesta que conforme a la mayoría sobre cómo debe ser esto de ejercer la autoridad y los deseables límites que debe tener para que nadie termine considerándose la única solución posible, cuando no la mismísima Patria y al resto, ni justicia.

La “Gestapo” de Villegas y las reelecciones de quienes detentan la base territorial de la política definen el estancamiento, cuando no la involución, de nuestro debate de ideas para resolver los problemas concretos de la gente. Y que no nos confundan con que el voto popular es sagrado para definir quién manda, porque detrás de la Gestapo de veras también había votos, muchos votos, y un movimiento de terror al que, para sacarlo, hubo que unir hasta lo injuntable en una guerra mundial.

Nuestro sistema político se empecina en demostrarnos que no es muy democrático que digamos. Una “Gestapo” no es nada más que la sublimación absoluta del personalismo. Va para atrás todo eso. Del hombre al mono.

por Edi Zunino

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