viernes 7 de octubre de 2022
Perfil

Santa Evita: la novela

PODCASTS | Por Elisa Salzmann  | 23 de August 10:16

Santa Evita, la novela publicada en 1995 por Tomás Eloy Martínez acaba de ser estrenada en siete capítulos con el protagónico de Natalia Oreiro interpretando a una Eva nueva, distinta.

Podría parecer que una de las diferencias entre esta propuesta y la de la novela es justamente ese lugar protagónico ya que en la serie el papel que encarna Ernesto Alterio interpretando al Coronel Moori Koenig toma cuerpo y acapara la pantalla.

Estos siete capítulos se centran en parte de la ficción de Eloy, en esa parte que sigue el destino de un cuerpo sin vida. Así como en la novela la trama se desplaza recurriendo a distintos narradores subsumidos en la primera persona de un narrador periodista que cita a troche y moche las palabras de los personajes que se dan cita - ci (n) ta - en el transcurso de los hechos reconstruidos, acá también, digo, en la serie la trama recurre frecuentemente a los flashbacks.

Respecto del lugar del periodista es interesante notar que la novela es también  el lugar donde se dirime una y otra vez el lugar de la ficción frente al lugar de la historia. Lógicamente al tratarse de un mito como lo es el de Eva Duarte, el subgénero elegido por Martínez está legitimado entre otros recursos por la irrupción de lo metaliterario que aparece a lo largo de toda la novela:la novela sobre la vida y la muerte de Eva Perón. Porque si bien sabemos que Eloy Martínez se centró en el periplo gótico de un cuerpo embalsamado también sabemos que recurriendo a fuentes históricas, literarias y periodísticas Santa Evita excede sus propios límites.

Desde la literario hay un gesto ineludible en la novela. Así como el primer capítulo de la serie “Esa mujer” remite a Rodolfo Walsh y su cuento homónimo hay un recurso borgeano que se repite con cierta frecuencia en la novela: la enumeración.En palabras del filólogo Leo Spitzer, la enumeración caótica es la que irrumpe a mediados del siglo XIX en autores como Walt Whitman, por ejemplo. Recurso que viene desde las genealogías bíblicas, la enumeración cumple tantas funciones como necesidades encuentren sus autores.

En “El aleph” Borges recurre a este recurso -desligándose un poco de la ironía general del cuento-  para describir esa invención en la que se dan cita todos los puntos del universo. Dice allí. “Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué…” etcétera.

Veamos ahora la enumeración con la que Eloy Martínez imagina los pensamientos/ sentimientos de los últimos momentos de Eva en el capítulo Volveré y seré millones:

“ Después mientras desfilaba por las avenidas en el Cadillac de las grandes ceremonias, se puso en puntas de pie para que no se notara que su cuerpo estaba encogido como el de una viejita. Vio por última vez los balcones cariados de la pensión donde había dormido en la adolescencia, vio las ruinas de un teatro donde representó un papel de sólo cuatro palabras “ la mesa está servida” , vio la confitería la Opera, donde había mendigado de todo: un café con leche, una frazada, un lugarcito en la cama, una foto en las revistas, un parlamento mísero en el radioteatro de la tarde.

Vio el caserón cerca del obelisco donde se había lavado con agua helada en una pileta mugrienta dos veces al mes; se vio en un patio de glicinas de la calle Sarmiento curándose los sabañones con alcohol alcanforado y la plaga de piojos con baños de querosén, vio secarse al sol la pollera de algodón y la blusa de lino descolorido que habían sido durante un año las piezas únicas de su ajuar, vio las bombachas deshilachadas, los ligueros sin elástico, las medias de muselina, y se preguntó cómo su cara se había alzado de la humillación y el polvo para pasear ahora en el trono de aquel Cadillac con los brazos en alto, leyendo en los ojos de la gente una veneración que jamás había conocido actriz alguna, Evita, Evita querida, madrecita de mi corazón. Se iba a morir mañana pero qué importaba. Cien muertes no alcanzaban para pagar una vida como esa.”.

Entonces, si Eloy Martínez recurre a este recurso, la enumeración, para describir los últimos pensamientos de Eva, el lector argentino no puede eludir el texto anterior  - el hipotexto diría Gennette-  y en esta operación, describir a Eva con el mismo recurso que Borges describe su tan mentado aleph, en esta operación intertextual el lector argentino entiende que Eva ha entrado de la mano de Eloy en el canon de la la gran literatura argentina.

por Elisa Salzmann 

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