miércoles 30 de noviembre de 2022
Perfil

Qué tendrán que ver Alberto F, Keynes, Larreta, Marx y Pichetto

PODCASTS | Por Edi Zunino | 15 de December 13:02

Ayer, en la Bolsa de Comercio, estuvimos en los ya tradicionales Premios Fortuna que la revista de economía y negocios del Grupo Perfil retomó este año porque en 2020 la tapó la pandemia. Y la pandemia fue tema obligado, diría, entre los presentes, antes, durante y después de los galardones en sí. Porque se trataba de un reencuentro, porque el Covid-19 se llevó a Mario Rodríguez Muñoz -el editor general de la publicación que dirige Ceferino Reato- y porque los Premios Fortuna suelen ser una ventana privilegiada para ver cómo viene funcionando la cosa en el mundo empresario, donde tampoco nadie salió ileso de estos dos años espantosos. Igual, por la ventana de Fortuna vimos hasta qué punto la ciencia, la tecnología y el consumo son motores esenciales del entusiasmo por hacer y crecer, o sea, no sólo para salir del pozo. Tres ejemplos: Newsan, la fábrica y ensambladora de marcas nacionales e internacionales líderes en electrodomésticos, se llevó por primera vez en la historia el premio de su rubro, el Fortuna de Plata y el de Oro; Andreani, premio a la trayectoria y ejemplo de que detrás de todo está la logística, pujante, modernizada; y el Laboratorio Richmond, que apostó por fabricar vacunas en el país, como otras empresas farmacéuticas y muchos científicos, tanto de la esfera privada como estatal.

La inspiración de los Premios Fortuna me entró de lleno en un experimento personal que vengo haciendo. Consiste en anotar propuestas que me parecen piolas, estratégicas o necesarias por lo que plantean en sí y no por quiénes las tiran al ruedo. No sé si notaron que, de golpe, por detrás de las apariciones mediáticas de los mismos que hasta hace algunas semanas sólo tenían para aportar al debate chicanas y descalificaciones de campaña, empiezan a ver la luz proyectos propios, reciclados o copiados, pero ideas al fin.

Anteayer, le dediqué este mismo espacio al libro de Esteban Bullrich sobre la reforma bonaerense, que, más allá de lo dice al pie de la letra, retroalimenta un debate que ya se está dando en el oficialismo y la oposición sobre qué hacer con esta provincia elefantiásica que la pandemia terminó de desnudar en todas sus deformaciones y monstruosidades. Pero la conversación es más amplia: ayer, el presidente Alberto Fernández, sorprendió relanzando desde Tucumán la idea de Raúl Alfonsín de trasladar la capital del país, aunque no a Viedma sino a alguna ciudad del Norte. La regionalización del país había sido planteada con cierto lujo de detalles durante la campaña presidencial de 2019 por Roberto Lavagna, alguien que podríamos decir que vive a mitad de camino entre el peronismo y el radicalismo. En las principales cabezas argentinas está dando vueltas la idea de que va llegando la hora de rediseñar el país para refundar el federalismo, agilizar la relación entre las decisiones y los hechos, promover la producción allí donde están las materias primas y distribuir la población con racionalidad. Si el tema no avanza, será porque la dirigencia vuelve a sucumbir ante sus propias urgencias electoralistas disfrazadas de diferencias insalvables.

Mientras tanto, vuelve a resonar la idea de las pasantías laborales obligatorias para estudiantes del último año de la secundaria. Si se la toma como un punto de partida y no como un libro cerrado, podría ser revolucionario para todo el país -y no sólo para la Ciudad de Buenos Aires- un proyecto concreto para que la juventud se vincule al mundo del trabajo desde los contenidos y también desde alguna clase de presencialidad regular durante cierto lapso de tiempo. La propuesta debería incluir también dependencias del Estado, no sólo empresas privadas: en los hospitales, en las propias escuelas y en infinidad de dependencias públicas se desarrollan trabajos útiles y creativos basados en conocimientos sofisticados y estructuras humanas complejas.

Me detengo en el punto de la obligatoriedad. Deberíamos volver a hablar en serio de lo obligatorio, sin tildar de comunista o de facho al que la proponga según sea más progre o tenga más pinta de liberal. Los mismos que cuestionan la obligatoriedad de la vacunación o del pase sanitario porque los promueve el peronismo, ven bárbaro que Larreta obligue a los jóvenes a asistir 150 horas mensuales a las empresas, mientras que ahí los peronistas se ponen “libertarios” y le suman la idea conspiranoica de que se pretende esclavizar a la juventud o entregarla como un pancho a la voracidad oligárquica. El sentido de lo obligatorio, muchachos, ha sido un factor de progreso en la Argentina -y en el mundo, más bien- cuando se trató de imponerlo en cuestiones consensuadas por sus efectos hacia el bien común. Sumo que desde la abolición del servicio militar obligatorio porque se volvió aberrante, nadie se animó nunca más a proponer ninguna clase de voluntariado-obligatorio para que las nuevas generaciones se interconecten entre sí, por encima de sus diferencias sociales, culturales o regionales, mientras se educan en la responsabilidad y en el servicio como prácticas.

Detrás de este tema subyace otro, que es más para la hinchada que un registro severo de la realidad: me refiero a la falsa división entre capitalistas y socialistas que se quiere colocar en el centro de la discusión argentina como si fuese verdaderamente un tema serio o en el fondo la “grieta” pasara por ahí. Tal vez esté siendo Miguel Ángel Pichetto quien, desde su identidad peronista, está poniendo el asunto con un poco más de realismo sobre la mesa (más allá de la intención, claro, de diferenciarse ruidosamente  del kirchnerismo al que, por otra parte, sostuvo como mosquetero legislativo durante 12 años y medio). En una Argentina con la mitad de la población fuera de juego en pleno Siglo XXI, la disyuntiva capitalismo-socialismo es una tilinguería que sólo provoca odios y tiende fronteras ficticias.

Esa Argentina -ésta, digo- no necesita otra cosa que un verdadero shock de capitalismo para el cual ningún esfuerzo debería estar de más, ni el del Estado, ni el de los privados, ni el de la llamada “economía popular”, ni el que provenga de la creatividad de la sociedad civil. Pero ojo: capitalismo es producir, diversificar, generar valor, estimular la competencia y también poner límites sensatos que garanticen reglas de juego, igualdad de oportunidades, derechos e inviolabilidad de la propiedad privada.

Nadie está mandando con claridad en el país ni dentro de ninguna de las principales coaliciones, hoy en día. Podría ser el escenario ideal para que quienes resulten eventuales ganadores circunstanciales de esta etapa sean los capaces de liderar procesos en base a más ideas que intereses.

por Edi Zunino

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