En su nueva columna, la psicóloga Guillermina Rizzo analiza el proyecto de reforma de la Ley Nacional de Salud Mental y advierte sobre un posible retroceso en el enfoque de cuidado en Argentina.
A partir del discurso oficial que presenta los cambios como una modernización, Rizzo cuestiona que en realidad se trate de una contraofensiva ideológica que busca reinstalar un modelo centrado en el encierro, la medicalización y la pérdida de derechos. Según plantea, lejos de agilizar procesos, la reforma podría devolver protagonismo a una lógica que entiende al sujeto como un problema a aislar y controlar.
La especialista pone el foco en la flexibilización de las internaciones y el uso del miedo como argumento —especialmente a través de la figura del “loco peligroso”— para legitimar intervenciones más restrictivas. En este sentido, advierte que se corre el riesgo de priorizar el control social por sobre el abordaje integral del sufrimiento.
Rizzo retoma conceptos de la psicología social comunitaria para señalar que la salud mental no puede pensarse por fuera del entramado social. Factores como la pérdida de empleo, la precariedad económica o la falta de redes de contención son determinantes clave que no pueden resolverse únicamente con medicación o aislamiento.
En esa línea, alerta sobre el desmantelamiento de dispositivos comunitarios —como talleres o casas de convivencia— y la tendencia a reducir el abordaje a internación y fármaco. Esto, sostiene, implica psicologizar la pobreza en lugar de abordar sus causas estructurales.
Además, cuestiona la posible burocratización del diagnóstico y la jerarquización de un saber médico cerrado que invisibiliza otras disciplinas y la voz del propio sujeto. Así, el consentimiento informado y la autonomía quedarían debilitados frente a decisiones que priorizan criterios de orden público o presupuestarios.
Finalmente, Rizzo propone pensar la comunidad como un espacio de resistencia frente a estas políticas. Frente a lo que considera un avance del individualismo extremo, plantea la necesidad de sostener una perspectiva de salud mental comunitaria, interdisciplinaria y centrada en el lazo social, donde el sufrimiento tenga nombre, historia y contexto.

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