martes 21 de septiembre de 2021
Perfil

Pre albertismo cosecha tardía

PODCASTS | Por Edi Zunino | 23 de July 12:26

El albertismo es una entelequia insustancial. Algo que, al menos por ahora y si se lo buscó, no llegó a ser. En diciembre de 2019 se suponía que, para esta época, el presidente Alberto Fernández debería haber construido algo de tropa propia y asentamiento geográfico para plebiscitarse en las elecciones de medio término con chances de seguir un turno más desde 2023.

Su plan era inspirarse en lo que logró como Jefe de Gabinete con Néstor Kirchner, quien, con muchos menos votos y fama que él, se fue adueñando poco a poco del peronismo desde la periferia y lo que, entonces, llamaron “transversalidad”. Claro que, aunque a veces parezca, ni la Argentina ni el peronismo de hoy son los de hace 20 años. Y nada es repetible, a no ser como farsa.

La cuestión es que, entre el peso reverencial de Cristina y Máximo Kirchner, la intensa muñeca de Sergio Massa y la asfixiante tarea de gobernar un país enclenque durante dos años espantosos que nadie esperaba que lo serían hasta tal punto, a Fernández no le quedó tiempo ni espacio para pensar en sí mismo. Su única construcción consistió en entablar alianzas con gobernadores provinciales e intendentes conurbanos que le permitieran resistir lo más posible las presiones de adentro y de afuera mientras intentaba ir definiendo un liderazgo con rasgos propios. Pero, después de un arranque con bombos y platillos, le llovió demasiadas veces sobre mojado y, para salvar la ropa, se entregó a una pendularidad de modales, discursos y estados de ánimo que lo desperfiló.

El 2021 y el 2023 siguen ahí, de todos modos. Y el Presidente busca retomar la senda (y por qué no recomponer la autoestima). Su fuerza radica en que, si fracasa, no lo hará solo, por más solo que esté. Y ese tono dramático fue el que tuvieron las sucesivas discusiones a puertas cerradas de estas semanas para definir las candidaturas, que cierran mañana.

El presidente del país, a la hora de ir a elecciones, quiso hacer valer su peso como CEO del Frente de Todos y reclamó su bonus. Si debe seguir siendo un poco el sintetizador de la coalición oficial, exigió que se le otorgue algún privilegio en la definición no sólo de los postulantes al Congreso, sino en el color de la campaña electoral. Algo así como que, si se lo va a plebiscitar a él, que las cabezas de lista proyecten algo de su estilo componedor y socialdemocratón, y en los próximos dos años vean si desde el Parlamento pueden desarrollar alguna territorialidad para que el peronismo vuelva a expandirse hacia el centro y sea competitivo en las presidenciales, quién sabe si para la reelección u otra variante.

Leandro Santoro en la Capital Federal y Victoria Tolosa Paz en la provincia de Buenos Aires constituyen, hoy, el albertismo, junto a Santiago Cafiero. Ella es peronista, pero de familia radical, y su marido, el siempre listo Pepe Albistur, es el que mira la construcción política de su amigo Presidente con ojo empresario y financiero. Santoro es un alfonsinista post “que se vayan todos”, una especie de kirchnerista portador sano. Cafiero, en tanto, lleva el apellido de la renovación peronista de los 80, que creció al calor de las buenas migas con Raúl Alfonsín. Son el islote “racional”, digamos, de Frente de Todos. O, mejor dicho, el atolón, porque insisto: carecen de tierra. Su destreza, hoy por hoy, pasa más bien por la esgrima mediática.

Este pre albertismo tiene un contrasentido: está verde, pero es de cosecha tardía. La fruta quedó de más sin moverse de la planta y corría peligro de volverse pasa. Cuesta creer que sea dulce, con tantas amarguras. Pero, bueno, en este país nunca se sabe quién llega entero a disfrutar el postre.

por Edi Zunino

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