miércoles 23 de junio de 2021
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Linaje del Caso Pfizer: cómo se cura el Síndrome de Traste del Mundo

PODCASTS | Por Edi Zunino | 28 de April 14:36

Tengo la idea bastante asumida de que la verdadera ideología de los argentinos es, más bien, una enfermedad que bien podría denominarse Síndrome de Traste del Mundo y cuyo principal síntoma es un cortoplacismo exasperante, originado en siglos de lejanía y la urgencia cotidiana por sobrevivir en un permanente aislamiento. El salvataje viene de afuera. La pelea es acá adentro. Así pensamos, de un lado u otro de la grieta. Ahora mismo estamos enredados en una discusión frenética por eso mismo. Fijate el Caso Pfizer y los vericuetos de las vacunas a granel, en general: es un problema planetario, pero acá lo vivimos como si sólo nos pasara a nosotros y nada más.

Hace 400 años, para esta misma época, pero en 1621, Buenos Aires tuvo su primera gran epidemia de viruela. Imaginen lo desolados que se sentirían entonces los habitantes de aquella aldea recién refundada por Juan de Garay, apenas 41 años antes, que seguiría dependiendo del Virreinato del Alto Perú 155 años más, hasta la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776. El virreinato rioplatense no había cumplido 30 años cuando, para esta misma época de 1804, a Buenos Aires le tocó padecer otra gran epidemia de viruela. La vacuna antivariólica ya existía desde 1796 en el tan lejano Viejo Mundo, y el rey Carlos IV de España –papá y antecesor de Fernando VII- había decidido algo inédito: una campaña de vacunación en todas las posesiones de su imperio que se inició en 1803 y acá llegó sobre el final, en 1806.

No vayan a creer que tuviera algo que ver con la campaña de vacunación que está sucediendo ahora. Aquella fue bautizada Real Expedición Filantrópica de la Vacuna –también llamada Expedición Balmis, por el médico que la encabezó: el cirujano alicantino Francisco Xavier Balmis- y se hizo desde cinco barcos que recorrieron los principales puertos de las colonias para combatir una enfermedad que causaba estragos y había matado hasta una de los 14 hijos del rey, la infanta María Teresa. La flotilla estaba encabezada por la corbeta María Pita. Sudamérica quedó para el bergantín San Luis. 

La vacuna no venía en frasquitos. Venía en seres humanos. Literalmente. Más precisamente en 22 niños expósitos (es decir, huérfanos) recolectados en orfanatos de Madrid, La Coruña y Santiago de Compostela. Ya en tierra, también se utilizaban chicos originarios. Llegado el momento, los pibes eran infectados con el virus y, con los fluidos de las pústulas que genera la viruela, el equipo capacitado por el doctor Balmis fabricaba el antídoto propiamente dicho. El tratamiento de los infantes estaba rigurosamente regulado por normas específicas: “Serán bien tratados, mantenidos y educados, hasta que tengan ocupación o destino con que vivir, conforme a su clase y devueltos a los pueblos de su naturaleza, los que se hubiesen sacado con esa condición”. Los 22 originales de la María Pita viajaban con dos pares de zapatos, seis camisas, un sombrero, tres pantalones con sus respectivas chaquetas de lienzo y otro pantalón más abrigado para los días de frío; tres pañuelos para el cuello, otros tres para la nariz y un peine; además de un vaso, un plato y un juego completo de cubiertos. Mucho, para un huerfanito del Siglo XVII.

El descubridor de la vacuna contra la viruela –el británico Edward Jenner, a quien se considera “padre de la inmunología”- elogió la idea de su colega español financiada por Carlos IV: “No puedo imaginar que en los anales de la Historia se proporcione un ejemplo de filantropía más noble y más amplio que este”. La campaña terminó superando los límites de la corona y llegó hasta China.
El caso llegó a la ficción y al cine. En 2016, Miguel Barden guionó y dirigió “22 ángeles”, basado en la novela “Ángeles custodios”, de Almudena de Arteaga. Este relato histórico tranquilamente podría ser propio de nuestros tan efusivos, desencajados y mediáticos días. La protagonista es la enfermera Isabel de Cendala, que pinta al doctor Balmis como un auténtico canalla, maléfico, adusto y celoso, a quien más que nada le importa separarla de su amado Josef Salvany, un cirujano militar que murió en Cochabamba en 1810, con apenas 34 años, mientras emprendía un ansiado viaje a Buenos Aires.

por Edi Zunino

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