domingo 24 de octubre de 2021
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La Renuncia

PODCASTS | Por Juan Ferrari | 19 de September 10:43

Texto de Jorge González.

Acumulábamos con mi compañero Félix una docena de expediciones, lo que hacía que no pocas cosas las diéramos por sobreentendidas. La decisión de ir a San Juan solos, a una alta montaña, no costó más que ponernos de acuerdo en las cuestiones de forma. El tren nos llevó  sin apuro, mientras dejábamos correr el paisaje por ese ojo cuadrado de la ventanilla. Guillermo, nuestro contacto en el piedemonte, nos esperó bajo el sol generoso de Enero y nos pusimos en marcha, hacia Barreal. El objetivo era el pico Polaco, por el este, una fantástica mole de hielo en el Cordón de la Ramada, uno de los más bellos que he recorrido en nuestros Andes centrales.

Las dificultades al inicio de la marcha nos pondrían a prueba con mucha antelación a lo esperado. Pero si la experiencia había traído su cuota de enseñanza, ese era el momento de acudir a ella, meditar cada decisión y reservar la energía para el arresto final.

El aire caldeado se hacía casi irrespirable y, bajo el peso de las mochilas, el sol nos castigó  sin piedad hasta llegar al puesto de Gendarmería. Allí estaba nuestra posibilidad de conseguir animales para transportar la carga pesada hasta el campamento base. Una sola mula ayudó a repartir el peso;  y mirar los filos lejanos hizo que brotara en cada músculo el ansia por llegar. Con la mula alcanzamos Los Corredores, lugar de vivac para después del primer día de marcha, pero con un serio problema: que nos dejó antes de cruzar las furiosas y turbulentas aguas del Río Colorado. Claro que, cuando no se reniega de las situaciones, siempre algo acude a nuestra ayuda: créase o no, acertó a pasar por el lugar una expedición de italianos que, solícitamente, respondió a nuestro pedido, y con sus animales nos cruzaron la carga hasta la orilla de enfrente.

Esbozada la noche y tirados sobre los tréboles, mirando las llamas hipnóticas de un fogón improvisado, volvíamos a tener con Félix, una bóveda poblada de estrellas encima de los ojos, y la alegría de ya haber cumplido exitosamente la primera etapa. Lo disfrutamos con plena conciencia, hasta que el sueño nos venció lentamente.

El amanecer nos devolvió al sendero y, ya casi a media tarde, alcanzamos los 4.200 metros, donde emplazamos una vez más nuestra tienda, con el imponente circo de montañas y la grandiosa vista de la pared sur del Mercedario. Es hermoso oír el cierre de la carpa en esa extraordinaria soledad, y que una linterna ilumine los últimos momentos de nuestros rituales nocturnos: el mío, escribir y fumar un cigarrillo que apoyo y al final apago en una lata de paté; y el de mi amigo Félix, leer algunas páginas de un libro hasta rendirse dormido.

Conscientes de que debíamos estar en buena forma para el pico Polaco, y a fin de salir rápido de la dificultad, optamos por intentar la pared sur del Cerro Negro, con un desnivel que calculamos en unos 700 metros. Transportamos carga y equipo hasta el pie para estudiar el acceso y la rimaya de entrada, y regresamos a la base, buscando el abrigo de un jarro con café,  caliente y reparador.

Soportando el frío primero y cortante de la madrugada, salimos hacia nuestro objetivo para encontrar el hielo consistente y resolver lo más velozmente posible la pared, de modo de no quedar expuestos a la caída de piedras. Sabido es que el sol afloja las rocas soldadas al hielo, y las descuelga al vacío, como verdaderos proyectiles. Silban en el aire y van ganando velocidad, y al golpear sobre otras piedras las van sumando al derrumbe.

Por suerte, en ese momento, ya estábamos fuera de peligro y nos quedaba superar el último centenar de metros, hasta el borde que, nítido,  se dibujaba sobre el cielo, y parecía inalcanzable. Faltando el último trecho,  las piernas pesan como de plomo y parece que el aire nunca llega a los pulmones. Salvo por el incesante silbido del viento, el  silencio se escucha y es universal. Todo el derredor, mundo de rocas y hielo, lo inunda el sol del verano y resplandece. Llegamos al filo y nos quedaban unos cien metros de desnivel para llegar a la cumbre, a ese punto más alto, esa cota que, inexplicablemente, nos seguirá atrayendo siempre como un ensueño. Una intimidante caída hacia el Mercedario obligaba a movernos con sumo cuidado y previsión, ante las ráfagas de viento que parecían cobrar allí una fuerza inusitada.

La evaluación fue coincidente: debíamos hacer cumbre uno por vez y hacerlo rápido, porque nos urgía encontrar un lugar protegido para atravesar la noche. Los últimos reflejos de la tarde se ausentaban de a poco, pero como fantasmas, y fue en ese momento que, sin más,   nos abrazamos con mi compañero de aventura, porque habíamos logrado la pared y la segunda ascensión por esa vía. Le dije, entonces:

-“Félix, llegá vos a la cumbre y yo preparo el vivac. En este tarrito plástico de rollo fotográfico,  puse un papel con nuestros nombres y la fecha. A mí me interesa más nuestra seguridad para la noche que la cumbre, pero si vos querés ir, acá está”.

Félix, sin inmutarse y con los ojos calmos, me contestó pausado:

-“Ya hicimos la pared, amigo, y estas cosas las pienso igual que vos. Para la gente que nos conoce y que no escala, que estemos aquí ya es estar locos. No creo que nos haga mucha falta que lo dejemos firmado”.

por Juan Ferrari

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