martes 4 de octubre de 2022
Perfil

La pata K y el pato rengo

PODCASTS | Por Silvio Santamarina | 06 de December 09:18

La Argentina vive, hoy más que nunca, capturada en una trampa binaria. Aunque se dice que las elecciones de medio término abrieron una nueva etapa política, más bien parece que se inicia otro capítulo del drama dicotómico nacional de siempre. Como suele suceder, la nueva intervención epistolar de Cristina Kirchner pone en evidencia este escenario crónico y lo clarifica, aunque al mismo tiempo alimenta su complejidad y su gravedad para el futuro cercano de los argentinos.

Una de las afirmaciones que más llamó la atención de la carta publicada por la vicepresidenta luego de su largo silencio poselectoral fue la simple aceptación del triunfo electoral de la oposición. En condiciones normales, decir que la oposición ganó hubiera sido una obviedad, pero en nuestra condición colectiva esquizoide, esa sencilla constatación tiene consecuencias semánticas densas.

La primera derivación de la confirmación retardada de Cristina del resultado electoral es que su lectura refuta el festejo eufórico de los candidatos del Frente de Todos: ahora queda claro que aquella sobreactuación de Victoria Tolosa Paz y otros compañeros no estaba dirigida hacia afuera del Gobierno, sino principalmente a la interna áspera que fracciona crónicamente al oficialismo. La carta de Cristina viene a ponerle punto final al relato de que los candidatos de Alberto Fernández ganaron perdiendo. La vicepresidenta prefiere insistir -como lo hizo en su primera carta tras las PASO, pero ahora de modo más sutil- que la gestión albertista perdió y que debe hacerse cargo. Para eso, la jefa espiritual del movimiento enfatiza también en su nueva misiva que la famosa “lapicera” la tuvo, la tiene y la tendrá el Presidente, aunque Ella lo haya designado en otra de sus bombas para las redes sociales.

Pero la aceptación oficial de Cristina de la derrota electoral del frente que creó y conduce tuvo la intención manifiesta de trasladarle el peso de la carga de un ineludible acuerdo con el FMI a la oposición que acaba de ganar terreno en el Parlamento. Esta idea de forzar al posmacrismo a que se haga cargo de la deuda impagable que contrajo viene desde el principio mismo del mandato de los Fernández, aunque ahora, paradójicamente, la derrota electoral de medio término le da el impulso que le faltaba al Gobierno para tirarle por la cabeza los platos rotos a sus adversarios. La “herencia recibida” amenaza así con afirmarse como el relato cíclico y obligado que los sucesivos gobiernos le irán proponiendo a los argentinos para convalidar una alternancia en el poder que no solucione nunca más los problemas de fondo de un país en caída libre.

Por lo pronto, mientras va disfrutando cómo se despeja su horizonte judicial, Cristina ensaya otro extraño experimento de cogobierno de la crisis económica, donde a la coalición peronista intenta sumar ahora a la oposición de Cambiemos. Y para Ella se sigue reservando el lugar de veedora del proceso, entrando y saliendo según le convenga, denunciando y apoyando decisiones estratégicas, siempre jueza y parte de una gobernabilidad en crisis, apoyada en su autodenominado rol de vocera y guardiana de los intereses del pueblo. Ella también juega a su manera, como lo hace Milei denunciando a “la casta”, a diferenciarse del establishment dirigente, al que en su última carta califica como “el poder real”.

Si Alberto busca zafar del síndrome del “pato rengo” anticipando una propuesta de PASO interperonista para 2023, Cristina trata de no mostrarse ella como una Pata Renga ante sus socios justicialistas, insistiendo en su política de liderar por carta, a la distancia y desde la sombra. Invirtiendo la lógica de las cadenas nacionales de sus tiempos dorados, Cristina entiende que, como pasa en el ajedrez, el centro del tablero se puede dominar tanto ocupándolo como controlándolo desde lejos, a distancia prudencial. Y si el tablero se vuelve demasiado adverso, siempre se puede patearlo y empezar de nuevo.

por Silvio Santamarina

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