viernes 7 de octubre de 2022
Perfil

La odisea de Máximo Kirchner: si arde Troya será su talón de Aquiles

PODCASTS | Por Edi Zunino | 08 de September 11:36

Máximo Kirchner advirtió que Diego Santilli es un caballo de Troya. Y el Colorado le quiso bajar la épica de un hondazo retrucándole con cifras del país real. El problema con la metáfora odiseíca del hijo de Cristina es que en el caballo que los griegos le ofrendaron a los troyanos iban infiltrados los ganadores. Podríamos decir que Máximo, entonces, le teme a Santilli, que después, en la elección de veras, vendrá junto y a la par con Facundo Manes, y habrá que ver cómo apuntalan a la ya inefable Victoria Tolosa Paz cuando los hoy contendientes de la oposición sean dupla. Claro que el realismo del vicejefe porteño tiene también algunos problemitas de omisión: algo habrán tenido que ver con este país y esta provincia reales la presidencia de Mauricio Macri y la gobernación de María Eugenia Vidal, a quien dentro de su propia coalición consideran una “desertora” por haberse mudado de vuelta a la Capital Federal. No hace dos años que dejaron el poder, aunque parezca mucho más por obra de la pandemia y sus daños colaterales.

Hay que decirlo: “colonizadores” del territorio bonaerense son los dos. Y comparten la obsesión por el Gran Buenos Aires, ese gigante dormitorio urbano de un país inviable pero muy dependiente del egocentrismo porteñista, donde todo se sigue decidiendo en las treinta manzanas que van del puerto la aduana, pasando por el fuerte que hoy llamamos Casa Rosada.

Santilli es candidato y Máximo no, pero los dos son piezas claves de lo que se puede esperar para después de noviembre. Ambos forman parte de un dispositivo en marcha donde pisan fuerte Horacio Rodríguez Larreta y Sergio Massa, dos amigos que no piensan muy distinto y comparten el sueño de ocupar el Sillón de Rivadavia (por separado, claro). Lo que están queriendo diseñar son las bases del sistema político que viene, porque sienten que el de la bipolaridad macrismo-kirchnerismo se agotó, hace agua y, por supuesto, ya no les conviene más. Se trata, en síntesis, de un bi-coalicionismo llamado a convocar alguna clase de gran pacto nacional para salir del pozo. Eso, al menos, es lo que se puede traducir de lo que se anda diciendo por los pasillos de ambos lados.

Por el lado de la coalición gobernante, Kirchner Junior y Massa pasaron a ser el eje de la construcción política. Se repartieron las tareas de un modo que suena simple, pero a la larga puede resultar muy complicado: Máximo abajo, armando en el territorio; el tigrense arriba, cerrando acuerdos superestructurales y corporativos. En la coyuntura, eso se llama darle gobernabilidad al presidente Alberto Fernández y al menos algún perfume de consenso para charlar con el FMI. A mediano y largo plazo, sin embargo, no son pocos los que ya temen un “Massa al gobierno, Máximo al poder”. Las PASO del domingo van a dar una pista de cómo viene la mano para pensar el 2023.

El plan territorial de Máximo busca coronarse con la presidencia del Partido Justicialista de la provincia, donde encuentra resistencias varias en viejos cuadros, en ambiciosos intendentes y en punteros que viven de hacerse valer. Tampoco es fácil la relación con los movimientos sociales, que tanto le deben a la familia Kirchner, empezando por el difunto Néstor, pero ya son estructuras aceitadas por mucha plata y dirigentes de peso propio.

En esa dirección debe mirarse el acuerdo entre la CGT y los grupos piqueteros para ganar la calle el 18 de octubre, con una gran demostración de fuerza oficialista en el último tramo de la campaña. Tampoco hay que creerse literalmente la convocatoria para el Día de la Lealtad, en cuya articulación Máximo Kirchner fue sustancial. Cada cual va a jugar ahí también su propio partido, pero lo que no se termina de prever es lo que significaría para el futuro político de nuestro país la institucionalización de una “nueva central obrera” que integre a las organizaciones de los desempleados y excluidos, y marque el regreso del moyanismo a una mesa unificada. En las reflotadas reuniones con la CGT no sólo se habló de liturgias peronísticas: Máximo estuvo acompañado por el ministro del Interior, Wado de Pedro, y se acordó un aporte de 11.400 millones de pesos a las obras sociales sindicales.

Máximo y los principales referentes de La Cámpora vienen desplegando una persistente campaña por lo bajo para mostrarse lejos de aquellos jóvenes soberbios de sus primeros días y los últimos de Cristina Presidenta. Detrás de los discursos encendidos, se muestran dialoguistas y negociantes como señales de “madurez”. Son los que más tienen para perder si arde Troya. Más que un simple traspié, para Máximo sería un talón de Aquiles.

A propósito: ¿sabían que el papá de Aquiles era un rey llamado Peleo?

por Edi Zunino

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