miércoles 29 de junio de 2022
Perfil

Héctor Murena: retrato del poeta

PODCASTS | Por Elisa Salzmann | 01 de October 17:00

H. A. Murena nació en Buenos Aires, el 14 de febrero de 1923. Escritor, ensayista, narrador, poeta y traductor;  colaboró en la revista Sur y en el suplemento cultural del diario La Nación, fue además un importante difusor del pensamiento alemán y tradujo a  Adorno, Benjamin y Wittgenstein, entre otros. Entre sus libros se encuentran 'La vida nueva' (poesía, 1951), 'El pecado original de América' (ensayo, 1954) 'Las leyes de la noche' (novela, 1958), 'Ensayos sobre subversión' (ensayo,1963), 'El demonio de la armonía' (poesía, 1964) y 'Epitalámica' (novela,1969).

Dice  Ariel Schettini.   Héctor Murena “escribió el que seguramente debe ser el mejor poema sobre José Hernández y el Martín Fierro. En ese poema, Murena retrata a Hernández en el instante mismo en que tiene la revelación de Martín Fierro, y seguramente tiene algo de autorretrato al pensarse como un intelectual de un vida mundana que comercia y negocia con el poder, que circula por lugares egregios, que mira su país desde una posición de autoridad y que, en un instante, tiene una revelación definitiva que sabe que cambiará la vida de todos y que será también una iluminación cuando la convierta en obra: una palabra, un poema, Martín Fierro.”

 

Imagínenselo:
tenía más de un metro ochenta de estatura,
cuerpo de león,
pero en el medio del pecho
un signo trémulo y fatal
como el amor y el fuego.

Nació en Perdriel, en San Isidro,
bajo la leche infinita de la noche austral.
Atónita se detendría su alma
ante la llanura perfumada e inmensa,
los ríos frutales,
el tierno silencio del mundo.

Y de improviso los oiría romperse
bajo el galope mortal de la anarquía,
aprendería el dogma implacable
de la ardiente tierra
que le habían destinado: imagínenselo.

Comprendan, se educó en los campos,
en jóvenes ciudades, vería
las libres caballadas del alba
surgiendo de lagunas brumosas,
cubiertas del misterio
con que empieza la vida, habrá tocado
criaturas humilladas, pobres
caídas, todo el dolor argentino
en su abierta llaga,
mientras en su centro puro
la poesía se alzaba
soñando las voces nuevas
para una belleza de rostro arrasado.

Peleó en Pavón, en la guerrilla litoral,
en Sauce, en Cepeda,
y en las noches absolutas del vivac
vislumbraría el reino de hermanos
que un día, con el poder de quien entra
a casa de su enemigo
con una flor en la mano,
irrumpirá,
dispersará eternamente  la tristeza,
el mal, la pena: comprendan.

Piensen que aún no se detuvo: dirigió
El Argentino, El Río de la Plata fundó
lo eligieron diputado, lo llamaron
senador y como un río que corre,
como el trigo que nace,
como un mar que golpea,
estuvo siempre de parte de los vencidos,
fue para ellos el ojo celeste,
el pan y el vino: piensen.

Pero imaginen sobre todo su boca,
moldeada para decir lo terrible,
su boca en la hora en que
bruscamente
el poema empezó a brotarle
igual que a un árbol las incesantes
hojas, pájaros, milagros, el peso
de la tierra ascendiendo así
hacía la luminosa cúpula del cielo.

Esa hora en que el amor
borraba sus rasgos, su íntima historia,
su cruz y su corona, su nombre mismo,
el José Hernández, esa hora de su nacimiento
y de su muerte, ese instante
en que no era nadie y era todos
en el canto: imagínenselo.

Imagínenselo ahora,
mercaderes, capitanes, políticos,
hombres eminentes y hombres oscuros,
almas enfermas de un tiempo
que perdió el futuro, imaginémoslo.

Su corazón late todavía
en el vivo viento de las tardes claras,
será como si nos purificáramos. ….

 

 

por Elisa Salzmann

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