miércoles 30 de noviembre de 2022
Perfil

En Chile no está empezando ningún comunismo

PODCASTS | Por Edi Zunino | 24 de January 11:46

Casi 50 años después del golpe militar que se inició con la muerte del presidente Salvador Allende mientras defendía el Palacio de la Moneda de traje, casco y ametralladora, los militares chilenos van a tener que cuadrarse y saludar con honores a su nieta, que el 11 de marzo va a asumir como ministra de Defensa del nuevo mandatario, Gabriel Boric.

Maya Fernández Allende ya cumplió sus 50. Nació dos años antes del derrocamiento de su abuelo. Es hija de la médica Beatriz Allende Bussi y el diplomático cubano Luis Fernández Oña. Vivió las primeras décadas de su vida en el exilio en Cuba. Con el retorno a la democracia en su país natal, Fernández Allende estudió Biología y luego Medicina Veterinaria en la Universidad de Chile, y en 1992 comenzó a militar en el partido Socialista, el mismo de su abuelo. Detalle curioso: fue bombera voluntaria.
A la ligera, todos esos datos –empezando por el nombramiento en un lugar tan sensible por lo ríspido- puede ser tomado como una provocación temeraria o como un gesto ultrista, pero, en realidad, es un dato de la imagen de moderación que está tratando de transmitir el electo Boric. Claro que se trata de un gesto simbólico de una gran carga anti-militarista, pero mucho más es una señal muy fuerte hacia la Concertación que vino cogobernando el país vecino desde que Augusto Pinochet dejó el poder, en 1990, tras casi dos décadas de mano férrea y una influencia que permanece hasta hoy en buena parte del establishment y la sociedad chilenos. Porque Maya Fernández Allende es del Partido Socialista, y si esa es una señal a la Concertación, lo es a todo el sistema político desbarrancado por las protestas populares, pero que Boric no se propone sepultar, sino recrear.

Maya Fernández Allende no es una improvisada en el tema para el que se la designó, ni una desconocida por los militares. Como diputada, presidió la Comisión de Defensa de la Cámara Baja y, mientras proponía un “giro a la izquierda” de la Concertación, impulsaba un reencuentro con las Fuerzas Armadas a partir de postulados democráticos. O sea: no se trataba de un “giro a la izquierda” convencional, digamos, al menos según los parámetros del Siglo XX. Ahí está el dato clave, tal vez, del proceso político que se abre del otro lado de la Cordillera de los Andes: no se está instaurando ningún socialismo, ni extremo ni nada; se pretende fundar el principio del fin definitivo del pinochetismo como noción de Estado, vertical, elitista y desigualitaria.

Este gabinete que anunció Gabriel Boric está lleno de signos por el estilo. Poner al actual titular del Banco Central, Mario Marcel Cullell, al frente del Ministerio de Economía, es otro de los mensajes centrales. También proviene del Partido Socialista, pero se lo considera un “moderado”. La última vez que había sonado para ese cargo fue en 2006, para el primer mandato de Michelle Bachelet, pero no se dio. Otro de esos signos de Gabriel Boric fueron las críticas de estos días con las que se despegó sin dejar lugar a dudas de las autoridades de Venezuela y Nicaragua, a las que la misma Bachelet vino cuestionando como Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos.  
Claro que las señales más preocupantes para este presidente nuevo y tan joven tienen que ver con generar confianza en una población que viene de protagonizar intensos y prolongados estallidos donde demostró tener más claridad en sus quejas que en quiénes son sus dirigentes. En el gabinete de Boric hay muchas mujeres, bastantes sub 40, cinco médicos, cinco ingenieros, cinco cientistas sociales y una ministra de Trabajo comunista –acaso el dato corporativo más saliente-, que pretenderá funcionar como un muro para preservar condiciones laborales.

La mayor incógnita, incluso más grande que la Gestión Boric, está puesta en qué resultará de la Convención Constituyente surgida de aquellas convulsiones sociales, en mayo del año pasado. No hay margen alguno para una Carta Magna de corte marxista. Menos para que no cambie nada. Pareciera haber consenso para incorporar derechos y ampliar las bases institucionales de la democracia. Es lo que está por verse.

por Edi Zunino

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