viernes 24 de junio de 2022
Perfil

El habitante solitario

PODCASTS | Por Juan Ferrari | 09 de April 10:00

Barranca arriba, el faro de Cabo Vírgenes eleva sus 27 metros en una estructura blanquinegra que señala, desde 1904, la boca del estrecho de Magallanes. A sus pies, una lonja de mata verde corre fieramente impulsada por el viento, y va al encuentro del faro chileno de Punta Dungeness, situado en el otro extremo. Entre cabo y punta, entre faro y faro, a más de 4.400 kilómetros de La Quiaca, termina la Argentina continental y empieza una aventura cautivante.

No es invierno, pero el frío azota el descampado escenario. Primeros días de 2017 y una multitud de pingüinos colma la franja costera.

-Hay unos cien mil –comenta Jaime, oficial del faro-, y también chorlos, petreles, cormoranes y gaviotas.

Desde arriba del promontorio, donde está el faro, se ve claramente lo mismo que en el mapa: la punta donde termina Santa Cruz, luego el estrecho y detrás, algo nubosa, la silueta de Tierra del Fuego.

-Todo es muy bravo aquí –explica Jaime-, pero por suerte estamos bien equipados, con abrigos, alimentos, y las visitas de los turistas que amenizan las jornadas.

Como no lo veía, me animé a preguntarle por aquel solitario personaje, Don Conrado.

-Don Conrado no está más –me respondió-. En mayo del 92 se pegó un tiro en la boca, y falleció en el momento.

De inmediato pensé en aquella oportunidad cuando lo conocí, aquí mismo, en el año ´90. Caminé unos metros, reconocí el lugar, y noté que aún quedaban algunos vestigios de su precario rancho,  semicubiertos por montículos de arena. Jaime me explicó que, a pesar de los más de 20 años transcurridos, ciertas cosas se conservan y permanecen, sin cambios, por muchísimo tiempo.

En mi visita de aquel año, Don Conrado Asselborn aceptó conversar conmigo por un rato. Tenía una curiosa personalidad y algo más de 70 años cargados de pesadas experiencias. Arisco, si le caías mal; pero bonachón cuando le inspirabas confianza, tal como lo definían algunos pobladores de Río Gallegos.

Me contó que era nacido en la costa de Entre Ríos, en Diamante, con descendencia en los alemanes del Volga. Había sido el único poblador estable del cabo por más de medio siglo, y sin embargo, noté que, aún en su extrema soledad,  le sobraban historias para relatarme.

-Trabajé de estibador en Gallegos, y gendarme de frontera en el Turbio, señor –comentaba sin tutearme.

Allí lo ascendieron a cabo por desentrañar un homicidio ocurrido en una reserva indígena; pero no disfrutó gran cosa sus galones, ya que, durante una riña de boliche, apuñaló a un hombre, y debió escapar a Tierra del Fuego.

-Fue una mala época, amigo –afirmó en su relato-, porque volví a las andadas y hubo otra víctima: un personaje al que llamaban “El Tigre de la Cordillera”…

Y eso le valió dos años de encierro en el histórico penal de Ushuaia.

Cumplida la pena, ante la escasez de personal, se lo aceptó como carcelero. Luego saltó de una ocupación a otra hasta afincarse en vecindades del faro del Cabo Vírgenes. Se hacía de unas botellas de vino, pescaba, trampeaba zorros cuando la piel valía, y vivía en una precaria casucha de chapas y tirantes de madera. Una pensión provincial, sumada a lo que le acercaban fareros y estancieros, le permitió capear los duros años finales.

Me quedo con aquellas últimas imágenes; la charla en el único ambiente que tenía su vivienda, sentados en los troncos cortados que usaba como banquillos, y rodeados de viejas revistas, en las que él era el protagonista de entrevistas que le habían hecho distintos medios de todo el mundo; una sola ventana, montículos de yerba rancia y gatos dormilones.

Volví al 2017 y, antes de despedirme de Jaime, me contó un último recuerdo:

-Luego de la decisión trágica que tomó don Asselborn, y una vez efectuadas las pericias forenses, sus pocos allegados lo enterraron bien cerca del faro, en un funeral lleno de silencio, allí, en el llamado “cementerio alemán” donde yacen varios integrantes de un naufragio ocurrido hace mucho en esa  costa.

Al frente de su tumba se lee una frase que a don Conrado le gustaba pronunciar:

“Por las noches me duermo con el ruido del mar”, haciendo alusión, sin duda, a la magia que allí siempre habita.

Texto de Marcelo Ruggeri.

por Juan Ferrari

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