martes 15 de junio de 2021
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Carreteras romanas

PODCASTS | Por Esteban Nigro | 08 de May 10:11

No existe una fecha precisa de cuándo los humanos comenzamos a construir caminos, pero sí sabemos que fue a partir de que cambiamos nuestra vida nómade por una sedentaria. Durante todos aquellos tiempos en los que nos desplazamos de un lugar a otro sin código postal fijo, no llegaban los senderos a ser importantes. Sin embargo una vez que nos radicamos en un paraje, el sendero que nos conducía al vecino más próximo, al arroyo o al poblado más cercano pasó a ser único y de tránsito constante convirtiéndose con el tiempo en un camino.  

Hace unos 2700 años, los caminos no tenían mucho desarrollo ni mantenimiento, y por tanto eran muy complicados de transitar especialmente en épocas de lluvias. Tan es así, que en Europa por ejemplo se utilizaban mucho más los ríos, como el Danubio, para trasladarse. Sin embargo, para una tribu ubicada en la península itálica que por aquellos años comenzaba a cobrar importancia, desplazarse por cauces fluviales no era una opción. Es que el clima del Mar Mediterráneo es muy seco y por ello no abundan los ríos en su cuenca. Esa pequeña tribu había nacido según la leyenda a partir de que unos tales Rómulo y Remo fundaron un poblado denominado Roma tras ser amamantados por una loba. Y cuando los romanos comenzaron a tener ambiciones expansionistas se dieron cuenta rápidamente que sin una red de carreteras que permitiera un rápido desplazamiento de sus tropas, sus intenciones quedarían truncas.

La primera carretera fue creada en el siglo 3 a.C. por el censor Appius Claudius, y se llamó convenientemente Via Appia. Unía Roma con el poblado de Brindisi, ubicado en lo que coloquialmente conocemos como el taco de esta península con forma de bota. Por entonces, era importante conectarse con el Sur, en dirección a Magna Grecia. Tanto éxito tuvieron los romanos en su expansión, que para el siglo 1 aC en Roma vivían nada más ni nada menos que un millón de personas! Las carreteras no se usaban únicamente para el desplazamiento de tropas, sino para traer alimento suficiente para dar de comer a toda aquella gigantesca población.

Dado que la Vía Appia es por lejos la carretera romana más conocida, fue siempre la más estudiada y se creyó que como era ésta, cubierta de baldosones, lo eran todas. Sin embargo hoy sabemos que las carreteras romanas tenían losas únicamente en las proximidades de las ciudades tal como encontramos hoy a la famosa Vía en las cercanías de Roma. Dado que esta superficie no permite un rápido desplazamiento (imaginemos transitar hoy en carreta sobre duros adoquines), entre las ciudades las carreteras eran bien distintas. Con una base compuesta de grandes piedras para asentar el camino, de a poco la granulometría de las rocas iba disminuyendo hasta llegar a una parte superior compuesta de gravilla sobre la que caballos sin herraduras, bueyes y carretas podían transitar sin resbalarse. Esta superficie permitía rápidos desplazamientos de las legiones especialmente, que podían llegar a cualquier frente del imperio en tan sólo días. 

La construcción de carreteras era todo un arte, que los romanos llegaron a dominar a la perfección. Primero se deforesta la traza, a continuación se explana su superficie, se coloca piedra en bruto en su base, cordones de piedra a ambos lados y se continúa con un sucesivo vertido, aplanado, hidratado y pisado con rodillo de piedra de granulometrías más finas. Finalmente se coloca la capa de rodadura, con la mejor calidad de grava que se encontrara. Pensadas para durar eternamente, los romanos les hacían un continuo mantenimiento.  

De estos trazados romanos, hemos heredado una costumbre. Por entonces las carreteras romanas tenían cada tanto columnas monolíticas llamadas “miliarios”. En ellas, se podía leer el nombre del emperador bajo cuyo mandato se construyó la calzada, la distancia hasta Roma y cuánto restaba para la próxima ciudad. Y claro, en el centro de Roma existía el miliario áureo, una suerte de kilómetro cero para todas las carreteras ya que como bien sabemos: “todos los caminos conducen a Roma”. 

El imperio Romano llegó a tener ochenta mil kilómetros de carreteras pavimentadas, distribuidas en Europa, Asia y África. Así como el puente de Trajano sobre el río Danubio y la provisión de agua gracias a sus acueductos, hubo que esperar más de mil años para que la humanidad volviera a construir una red de carreteras similar.

por Esteban Nigro

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