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Capitán de Agua Dulce

PODCASTS | Por Juan Ferrari | 15 de April 09:00

Movido por mi espíritu sediento de aventuras, ni bien pude cobrar mis primeros proyectos como arquitecto, allá por el año 1984, surgió la idea de comprarme una canoa. Como es mi costumbre, hice toda una investigación de mercado y me recorrí los pequeños astilleros de la época, hasta dar con un fabricante de San Fernando, que podía hacer la canoa a mi medida, lo que estaba buscando. Tipo canadiense, con cinco metros de eslora y no demasiado angosta, roja y blanca, por supuesto. La pedí con una canoa adicional de fibra de vidrio para mayor resistencia, teniendo en cuenta que la usaría para salir a pescar y debía poder permanecer de pie, sobre un fondo bien firme. Con el mismo propósito encargué un par de buenos flotadores.

Cuando estuvo lista, compré dos barras portaequipaje para el auto de mi viejo y la fui a buscar con la ayuda de un amigo. Mientras cargábamos la canoa en el auto, me llamó la atención una hermosa vela con su mástil y accesorios; sin pensarlo mucho, y con las últimas monedas que me quedaban, me la traje. Decisión impensada. ¡Grave error!

Tranquilo, en casa, continué con el alistamiento de mi nave. Compré un buen piso de goma, lo adecué al contorno del esquife, y lo adherí prolijamente con cemento de contacto. Con unas buenas maderas, hice un par de asientos a medida para mejorar la posición de la remada. Instalé un ancla Danforth con quince metros de cuerda y, finalmente, me fabriqué unos originales posacañas para poder transportar las largas cañas de pejerrey en forma segura y sin que molestaran en la remada. Quedó espectacular, salvo por un pequeño detalle: los 27 kilos especificados por el fabricante para el modelo original, se fueron a los más de 40 que pesaba mi acorazado de bolsillo, por lo que siempre iba a necesitar un compañero con buenos brazos para subirla y bajarla del techo del auto.

Estaba más que feliz con mi adquisición, y, desde entonces, pude disfrutar de unas increíbles salidas de pesca, unas veces con mi viejo y otras tantas con algún amigo, sin olvidar algunos paseos con mi novia antes de casarnos.

Con la navegación a vela no fui tan afortunado. Mi bautismo de fuego, o mejor dicho de agua, fue con mi amigo Gustavo en la Laguna de Lobos, en un día muy ventoso. Ya de movida me dio bastante trabajo instalar el mástil, colocar las orzas y ensamblar el timón, todo esto con la canoa flotando en el agua, ya que con todos los accesorios era imposible arrastrarla. Una vez que estuvo lista, apunté hacia el centro de la laguna y… ¡desplegué la vela!

Con semejante viento de empopada, se infló toda la vela y salí disparado a máxima velocidad cortando las olas. Momento de alegría plena y entusiasmo desbordante. ¡Me sentía un vikingo surcando los mares! Como los momentos de felicidad suelen ser fugaces, tardé muy poco en darme cuenta lo difícil, por no de decir lo imposible, que era controlar mi nave. ¡Terrible aparato ingobernable! Toda vez que intentaba efectuar algún viraje, la vela pegaba una trasluchada, léase un giro violento, al mismo tiempo que la canoa se escoraba y amenazaba con darse vuelta, obligándome a enderezar el rumbo. La botavara, o sea el caño inferior de la vela, me pasaba rozando la cabeza, arrancándome la gorra y amenazando con desnucarme. Para colmo de males, con la borda tan baja y las olas de través, comenzaba a entrar agua.

A todo esto, la costa de enfrente se aproximaba velozmente. Como “no hay mal que por bien no venga”, según decía mi abuela, la odisea duró hasta que se terminó la laguna y la proa se clavó contra una densa pared de juncos. Algo parecido con el final de la película “The Truman Show”: ¡Game over!

Al resguardo de la costa pude arrear mi vela y desmontar todos sus accesorios. Hecho esto, con ayuda de los remos que quiso la providencia que los embarcara conmigo, emprendimos la dificultosa tarea de salir del medio del juncal y volver a cruzar la laguna, esta vez con viento en contra y a pulmón.

Al regresar a mi casa, escondí la vela en un rincón del garaje y nunca más se habló del tema.

Texto de Daniel Vadillo para Revista Weekend.

 

 

por Juan Ferrari

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