martes 31 de enero de 2023
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Campo de Cerezos

PODCASTS | Por Juan Ferrari | 07 de September 10:23

La mañana es fría y clara; el cielo se ve límpido y azul. La brisa entra franca en mis pulmones. Los filos grises de las sierras contrastan con el fuerte verdor de la vegetación, que estuvo bebiendo ávida las lluvias del verano.

Leopoldo está en plena actividad con los preparativos. Va y viene ensamblando los arneses; revisando el accionar de las garrafas y el estado de la amplia barquilla. Finalmente, cierra los mosquetones, desdobla la tela, acomoda el paracaídas, y repasa las cuerdas y las cintas. En un terreno llano y apartado está desplegado el velamen de múltiples colores.  Yo me siento a punto de realizar un gran sueño; y sólo la vista de las sierras me aparta de creer que estoy en la ciudad de París, 200 años atrás.

Hermosamente pintado, el globo se mece con delicadeza. Su envoltura es un tejido tenso parecido a la tafeta, reforzado en partes con papel y sobre ellas, las iniciales Luis XVI con su efigie rodeando el Ecuador y, en la parte superior, los doce signos del zodíaco. Me siento ya parte de la tripulación del “Victoria”, el aeróstato que me había llevado a la fantasía de la mano de Julio Verne, en su “Cinco semanas en globo”.

Solo el trajín de Leopoldo me devuelve a la realidad. Lanza al espacio un pequeño globo cargado con helio, para así estudiar la dirección del viento y me comenta que pronto todo estará listo. Por nada del mundo me perdería este vuelo.

Ayudada por algunas llamaradas de aire caliente, la tela comenzó a abultarse, formando un enorme túnel de colores. La fuerza del viento complicaba las maniobras. Poco a poco, nuestro globo iba tomando la vertical y, distraído como estaba, prácticamente tuve que zambullirme dentro de la cesta que en forma repentina se despegó del suelo. Allí estábamos: ascendíamos al cielo dibujando sobre el terreno una sombra perfecta que se movía velozmente. Pronto estuvimos por encima de los pinares y los techos de las casas, y veíamos desde lo alto, desparramado en la montaña, el pueblo que aún dormía. Solo interrumpía ese silencio perfecto el sonido de los quemadores dirigidos al interior del globo. Era una sensación inspiradora y no podía dejar  de asomarme al vacío para mirar allí abajo.

Leopoldo me explicaba las maniobras sin dejar de sonreír ni por un momento, porque él lo disfrutaba igual que yo. Nos desplazábamos rápidamente, quizá demasiado para sobrevolar esas superficies. A nuestros pies se dibujaban con total nitidez el dique y el río, los claros y sombras de las montañas que, de vez en cuando, mostraban festones de rocas plateadas. La barquilla parecía no moverse y sobre la tela se astillaban los rayos del sol. Flotamos con calma dentro del viento.

Leopoldo, sin embargo, parece ahora un tanto preocupado por el descenso. Divisamos un terreno llano y dos pequeñas figuras humanas inclinadas sobre la tierra. Se yerguen y levantan sus rostros al cielo; y, cuando estamos sobre ellos, nos saludan agitando sus sombreros. Saludan a algo que únicamente logra un globo. Saludan a algo extraño, fugaz, majestuoso y amigable. Ahora el viento nos empuja contra la montaña. Leopoldo prepara el procedimiento de descenso. Él tirará la cinta que desprende el paracaídas para perder aire, y, en el mismo acto, me advierte que me sujete fuertemente del canasto. El impacto resulta durísimo.

La barquilla se acuesta en la ladera de la montaña y, por algo más de cien metros, somos arrastrados golpeando contra las piedras, sin ver más que la vela deslumbrante correr como un caballo desbocado.

De pronto, nos detenemos, y volvemos a salir lanzados pero, esta vez,  por  un tramo más corto. Luego la vela cae, se desmaya y se desarma; y todo el ajetreo se  termina. Entre lamentos intentamos recuperarnos dando cada uno el informe:

   —Estoy bien, un poco magullado, pero bien.

   —Leopoldo, –le digo- ¿Por qué no aterrizamos en aquella planicie que pasamos?

   —Hubiera sido mejor –me respondió-. Pero era un campo de cerezos; vi aquellos dos campesinos saludando, y todo se veía tan bonito, que preferí no arruinarlo.                 

Texto de Jorge González 

por Juan Ferrari

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