jueves 5 de agosto de 2021
Perfil

Borges, poeta

PODCASTS | Por Elisa Salzmann | 19 de June 18:35

El 14 de junio, se recordó la muerte de Jorge Luis Borges, acontecida hace 35 años. Tal vez su faceta lírica haya sido opacada por la naturaleza fantástica de sus Ficciones. Pero el ejercicio de sus versos es parte de su Obra Completa. Al recordado Borges y yo bien puede corresponderle esta versión menos vital de El centinela, en El oro de los tigres de 1967. Dice así:

Entra la luz y me recuerdo; ahí está.
Empieza por decirme su nombre, que es (ya se entiende)el mío.
Vuelvo a la esclavitud que ha durado más de siete veces diez años.
Me impone su memoria.
Me impone las miserias de cada día, la condición humana.
Soy su viejo enfermero; me obliga a que le lave los pies.
Me acecha en los espejos, en la caoba, en los cristales de las tiendas.
Una u otra mujer lo ha rechazado y debo compartir su congoja.
Me dicta ahora este poema, que no me gusta.
Me exige el nebuloso aprendizaje del terco anglosajón.
Me ha convertido al culto idolátrico de militares muertos, con los
que acaso no podría cambiar una sola palabra.
En el último tramo de la escalera siento que está a mi lado.
Está en mis pasos, en mi voz.
Minuciosamente lo odio.
Advierto con fruición que casi no ve.
Estoy en una celda circular y el infinito muro se estrecha.
Ninguno de los dos engaña al otro, pero los dos mentimos.
Nos conocemos demasiado, inseparable hermano.
Bebes el agua de mi copa y devoras mi pan.
La puerta del suicida está abierta, pero los teólogos afirman que
en la sombra ulterior del otro reino estaré yo, esperándome.


Mucho más que a una lectura biográfica este poema invita a una lectura especular y especulativa, a entender la ficción que sostiene al poeta. Ficción presente también en el poema El Oro de los Tigres

Hasta la hora del ocaso amarillo
cuántas veces habré mirado
al poderoso tigre de Bengala
ir y venir por el predestinado camino
detrás de los barrotes de hierro,
sin sospechar que eran su cárcel.
Después vendrían otros tigres,
el tigre de fuego de Blake;
después vendrían otros oros,
el metal amoroso que era Zeus,
el anillo que cada nueve noches *
engendra nueve anillos y éstos, nueve,
y no hay un fin.
Con los años fueron dejándome
los otros hermosos colores
y ahora sólo me quedan
la vaga luz, la inextricable sombra
y el oro del principio.
Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores
del mito y de la épica,
oh un oro más precioso, tu cabello
que ansían estas manos.

 

por Elisa Salzmann

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