domingo 7 de marzo de 2021
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Fin del aislamiento: cómo evitar una segunda ola feroz a la europea

POLITICA | Por Edi Zunino | 06 de November 11:42

Desde los despachos oficiales se da por hecho, aunque sin demasiadas especificaciones a estas horas, que hoy se termina el aislamiento social preventivo obligatorio (ASPO) en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) para dar lugar al distanciamiento social preventivo obligatorio (DISPO).

La falta de especificaciones no depende sólo de que la información oficial aún no está disponible, ya que Alberto Fernández está reunido con Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof y hablaría recién en un rato. Depende, sobre todo, de que queda muy poco por aclarar. El aislamiento como tal, a nivel masivo se terminó de hecho hace rato, tres meses mínimo, salvo para el caso de aquellos que decidieron cuidarse por alguna razón específica: la edad, alguna enfermedad preexistente y no habría que desestimar distintos niveles de agorafobia u otros trastornos hipocondríacos provocados por el encierro, el miedo al contagio y demás.

El asunto, ahora, es este: si con aislamiento forzoso a la larga se logró en el mejor de los casos distanciamiento, ¿qué generará el distanciamiento obligatorio (que será más que nunca un decir)? La única respuesta probable viene de Europa, que ha funcionado como anticipo y sirvió para tomar ciertos recaudos, incluso los que puedan haber resultado exagerados y por eso mismo contraproducentes. En Europa, la segunda ola parece estar siendo más salvaje que la primera y aporta un dato social extra a tener muy en cuenta: el hartazgo encontró en ciertos bolsones de violencia una vía de descompresión que agrega efectos colaterales considerables.

Pese a que estamos en el año 2020, las únicas medidas profilácticas inmediatas efectivas para enfrentar una pandemia son medievales, aunque eso tampoco es del todo cierto. Por un lado, la carrera por la vacuna, con todos los riesgos que implica, demuestra un nivel de desarrollo científico impresionante. Y jamás como en nuestros días hubo posibilidad de estar comunicados al instante y, por lo tanto, informarnos, cotejar experiencias, advertir falsas soluciones y, también, o principalmente, organizarnos. Porque sin responsabilidad individual y cierta disciplina social, todo se hace más complicado.

Entonces: tener cuidado y estar bien informados es lo único que se puede hacer en medio de un virus, hasta que llegue la vacuna, que por suerte parece cada vez más cercana pero no se puede dormirse en laureles que aún ni siquiera están plantados y mucho menos a mano.

El enemigo somos, naturalmente, nosotros mismos. La vida en estado puro es una pulsión de invulnerabilidad. La noción de ser frágiles y finitos proviene de la experiencia. Y aún con la experiencia que pueden aportar la vida cotidiana, las noticias, la historia o la ciencia, si todo el tiempo pensáramos que cada movimiento conlleva un riesgo potencial no haríamos nada. Vivir no sería vida. Vivir es arriesgar.

El centro del problema, ahora, pasan a ser una vez más los más vulnerables. La noción errónea de que “ya está, ya pasó” se les va a convertir en presión social para “volver a la normalidad” mañana mismo. Imagino, por el absurdo (pero no tanto), gente reencontrándose con la abuelita en una fiesta tecno clandestina. Parece que la ola se va retirando. Europa dice que vuelve tipo tsunami.

La vacuna depende de la ciencia. Ya llegará. La información depende de los que saben, de los que gobiernan y de que los periodistas no dejemos de ponernos las pilas. La prudencia es asunto de todos. Y a partir de esta tarde más que nunca, de cada uno de nosotros.

 

por Edi Zunino

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