martes 28 de septiembre de 2021
Perfil

Alberto Fernández, preso político en democracia

POLITICA | Por Edi Zunino | 06 de May 13:07

El estigma de este tiempo es sobrevivir. Y el fragor de la lucha por la supervivencia no suele exponer, precisamente, lo mejor de los seres humanos. El escritor judeo-italiano Primo Levi decía que “sobrevivir sin haber renunciado a nada del mundo moral propio no ha sido concedido más que a poquísimos individuos superiores, de la madera de los mártires y los santos”.

Hablo de supervivencia en términos literales, porque estamos en medio de una pandemia que, encima, además de enfermedad y muerte, genera miseria. Y también hablo de supervivencia política: la pelea contra el Covid-19 les exige a los gobernantes de todas partes tomar decisiones feas, duras y hasta contradictorias con las reglas de juego democráticas en tiempos tranquilos. Hoy, acaso más que nunca en este siglo, gobernar es casi exclusivamente pagar los costos.

Tal vez Joe Biden y Xi Xinping sean hoy las dos grandes excepciones de esa regla. Uno porque, en Estados Unidos, lo peor parece que ya pasó, están abarrotados de vacunas y el presidente puede darse el lujo de hacer anuncios distributivistas para salir de la tormenta. El otro, Xi, un poco por lo mismo, aparte del crecimiento económico inusitado que se está dando en China, donde, además, mucha bola a la opinión pública no se le da.

Alberto Fernández también vive su propia excepcionalidad, aunque sin salirse de la pauperizada sencillez del conjunto. Pobre Alberto, la verdad. Carece de fuerza propia. De un tiempo a esta parte, todos le dicen todo el tiempo lo que debe hacer y que, lo que hace, lo hace mal, incluso desde adentro de su Gobierno. O sobre todo desde adentro. Cristina es su karma, su debilidad intrínseca y su fortaleza de última instancia.

Apenas un año atrás, Alberto Fernández parecía estar construyendo su propio tiempo en sucesivos y tranquilizadores decretos de necesidad y urgencia que nadie cuestionaba. Hoy, la “unidad nacional” pasó a ser otra vez una vieja consigna vacía, las lanzas con la Corte Suprema y el Poder Judicial están rotas y el kirchnerismo puro y duro le pide un gestito más: que defaultee el próximo pago al FMI y utilice para gastos sociales los fondos frescos que estaría repartiendo el organismo entre sus países asociados. Serían más de 4.000 millones de dólares (en un año electoral, vale insinuar). Y Fernández está justo al borde del avión para irse a Europa con el ministro Martín Guzmán, a hacer buena letra y sumar apoyos frente al mismo Fondo Monetario.

El adjetivo “político” tiene una acepción cotidiana para señalar los parentescos forzados por el matrimonio. El suegro es “padre político”, la nuera es “hija política” y así… Bueno: Alberto Fernández es de alguna manera un preso político, fruto de esa especie de tensa “bigamia” que estableció para adentro con CFK y hacia afuera con Horacio Rodríguez Larreta. Ahora, si la segunda ola de contagios se complica más y más, para ser él mismo en el ejercicio de su autoridad debería lograr en el Congreso una improbable ley de “delegación de facultades en pandemia” o jugarse a lo que nadie quiere ni mencionar: un eventual estado de sitio.

No es envidiable su posición en esta instancia, entre la gloria y la futilidad. Con razón se lo ve ofuscado.

 

por Edi Zunino

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