sábado 25 de junio de 2022
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Seyla Benhabib: "Estados Unidos es un país muy poco igualitario"

PODCASTS | Por Jorge Fontevecchia | 27 de April 16:11

Nacida en Estambul, es la filósofa contemporánea que más estudió las corrientes del pensamiento contemporáneas, especialmente el paradigma de la modernidad/posmodernidad con cuestiones como la ciudadanía y el feminismo. Analiza por qué el país más poderoso del planeta puede cambiar en su sociodemografía.

El epígrafe de su libro “Los derechos de los otros” es “Ningún ser humano es ilegal”, y corresponde a la marcha por la libertad de los trabajadores inmigrantes de 2003. ¿Cuál es la relación ontológica entre ley y derecho? ¿Y entre ley e identidad?
Gracias por empezar con esa cita, porque expresa, en primer lugar, la disyuntiva entre la moral y el derecho. Cuando decimos que ningún ser humano es ilegal, en primer lugar estamos hablando de un reconocimiento moral del individuo. Y desde mi punto de vista, todos somos igualmente dignos como seres humanos. Tenemos el mismo valor moral. La legalidad y la ilegalidad son categorías creadas por las sociedades humanas, y un ser humano se convierte en ilegal o un ser humano contraviene la ley como resultado de sus acciones. El ser humano en sí mismo, sin realizar ninguna acción, no puede ser simplemente ilegal. Por tanto, lo que intenta expresar el lema de los manifestantes es su enfado por el hecho de que ciertos seres humanos sean clasificados como legales y otros como ilegales. Yo prefiero utilizar el término “indocumentado” al término “ilegal” porque, como sugeriste con la palabra ontología allí, cuál es el estado del ser al que corresponde la ilegalidad, ¿no? La ontología es la ciencia del yo, y ahí esto no es una condición ontológica. Un ser humano que emprende el cruce de la frontera sin la debida documentación, lo hace en transgresión de la ley. Ese ser humano está indocumentado, pero ese ser humano como tal no es ilegal. Sus acciones pueden ser ilegales. Hago consideraciones filosóficas, pero el punto es tratar de cortar con la retórica de la ilegalidad y hacer que uno piense más concretamente y más comprensivamente sobre la condición de migrantes transnacionales de hoy.

En una entrevista usted comentó que no nació en los Estados Unidos “sino en Estambul, Turquía y, como sabe, mi familia es descendiente de judíos sefardíes que se establecieron en el Imperio Otomano después de la expulsión de España. Por supuesto, experimentamos el antisemitismo y el prejuicio: los estereotipos del judío como cobarde, como avaricioso o sucio eran habituales en la Estambul de mi infancia”. ¿Cuánto influye lo biográfico y lo autobiográfico en el trabajo filosófico?
Me llevó mucho tiempo escribir de forma autobiográfica porque la filosofía no es un medio como la literatura, donde la persona concreta, la individualidad de la persona está siempre mucho más implicada. La filosofía es mucho más abstracta. Y siempre hay una cierta timidez por parte de los filósofos para hablar en primera persona. Pero en un período determinado de la vida de uno llega un momento de reflexión en el sentido de que entiendes algo sobre ti mismo. ¿Por qué hago lo que he estado haciendo? Soy una estudiante de la filosofía alemana. Escribí mi tesis sobre Georg Wilhelm Friedrich Hegel. Pasé muchos años en Alemania trabajando con Jürgen Habermas, escribí sobre Hannah Arendt. Pero ciertamente el tema de la migración, el tema del exilio, de ser un extraño y un “otro”, y también la cuestión de la cultura y el lenguaje, son temas muy cercanos a mi corazón, y he escrito sobre ellos, probablemente con una especie de intensidad y pasión, porque también reflejaban y correspondían a algo que he vivido. Les contaré una anécdota que es difícil de entender para las personas que no han tenido recuerdos del exilio. Mi madre solía decir, cuando vivía: “Hace quinientos años vinimos de España” (en español). ¿Qué significa esto? Es increíble, ¿verdad? “Antes de 500 años, venimos de España”. ¿Qué significa para una comunidad conservar esa memoria, tener ese sentido de sí misma? Y éramos una minoría, y no muy significativa con el paso de los años. Pero tengo la sensación de haber cruzado culturas llevando dentro de mí diferentes culturas. Y tengo esta sensación de una especie de memoria del exilio, de algo que perdimos y de encontrar un nuevo hogar y todas las tensiones que ello implica.

Hay una película griega que en Argentina se llamó “Un toque de canela” y en el original “Politiki kouzina”, que incluye un juego de palabras entre astronomía y gastronomía. Los sabores de la infancia, los recuerdos infantiles, también permiten la comprensión del cosmos, del universo. ¿Alguno de esos recuerdos determinó su práctica filosófica?
La mejor respuesta sería en términos de una lengua. La gastronomía también, la comida lleva en sí misma los signos de la cultura y la ciencia de la historia, ¿no? Y en mi caso, los recuerdos de la infancia serían la multiplicidad de lenguas con las que crecí. Y por supuesto, los sabores de la infancia están ahí. Pero mira, hablábamos turco en casa, en la calle, en la escuela. Mis padres hablaban ladino entre ellos, y también francés. Crecí con estas tres lenguas en el sentido de que siempre estaban ahí. Y luego aprendí alemán cuando tenía unos 20 años. Y tal vez esto también marca mi trabajo en el sentido de que estuve en los Estados Unidos durante más de cincuenta años, y sin embargo, estoy más en contacto con Europa y con Turquía y con lo que está pasando en el resto del mundo. Por supuesto, conozco Estados Unidos y le presto atención. Pero de alguna manera, lo que está más cerca de mí y lo que entiendo más íntimamente, siento que sigue siendo el viejo mundo. Y no sé si estoy respondiendo con precisión a tu pregunta, pero supongo que estoy traduciendo la gastronomía, entendida como metáfora, a una cuestión de recuerdos de la infancia y del lenguaje.

por Jorge Fontevecchia

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