miércoles 5 de octubre de 2022
Perfil

Qué debe hacer Alberto con Cristina: cuidado con el perro

PODCASTS | Por Edi Zunino | 04 de October 09:45

Desde el antiperonismo, el no peronismo, el peronismo no kirchnerista y el me-importa-un-pito-el-peronismo se le viene planteando al presidente Alberto Fernández, aun desde antes de ganar las elecciones de 2019, que su misión fundamental en la vida debería ser ponerle fin al reinado de Cristina Kirchner sobre un tercio de los argentinos.
Es un contrasentido aquello. Pero sucede que la sola existencia de CFK constituye un tremendo conflicto de identidad para quienes no solo no la quieren, sino que, sobre todo, solo han sabido hacer las macanas suficientes para que siga siendo la gran jugadora de la ruleta rusa nacional, amén de su propio talento (que tampoco es magia ni llega al infinito).
Digo más: puertas adentro de los conciliábulos más elevados de la oposición se están dando verdaderas escenas de pánico ante la remota posibilidad de que Santa Cristina esté operando su segundo milagro en dos años. Si no había muerto al dejar la Presidencia y ser sucedida por Mauricio Macri, ¿por qué ha de haber muerto ahora –se preguntan- si aún no está dicha ninguna última palabra? Por eso se redobla la presión sobre el Presidente, para que el 15 de noviembre le eche la culpa de todo si pierden o se anime de una buena vez a ser el que manda si les va mejor que en las PASO.

El juego político suele concentrarse demasiado en las personas con nombre propio, tal vez para que no se termine de descubrir su verdadera esencia: el ansiado fin de los golpes cívico-militares no alcanzó para que las instituciones constitucionales fueran acumulando vigor y prestigio en estos casi ya 40 años en democracia. El sistema político voló por los aires en 2001 y ahora, 20 años después, se lo ve tan poco vigoroso que el oficialismo, por ejemplo, se desespera por ir a convencer una por una a millones de personas que ni siquiera sienten mínimos deseos de votar.

Están trabajando al milímetro para eso en el Gobierno. Un estudio conjunto de las consultoras Equis y Proyección en territorio bonaerense indica que la mayoría de las personas que votaron al Frente de Todos en 2019 y cambiaron de opción en las últimas PASO son varones menores de 36 años con nivel secundario y hasta terciario, y cuentapropistas o desempleados. En cuanto a quienes no asistieron a las urnas el 12 de septiembre, pero sí lo habían hecho en las presidenciales, es muy marcada la mayoría de mujeres también menores de 34 y con mayor presencia del trabajo formal en blanco. A unos, deben convencerlos de que cambien de opinión. A las otras, de actitud. Difícil. Pero ahí apuntan los cañones.

Las principales preocupaciones de los encuestados son económicas: los precios de los alimentos y la falta de trabajo genuino. Se reclama un shock de seguridad, salud y educación: así la mayoría se sentiría protegida por el Estado (una pequeña minoría pide más planes sociales).   
Esa pelea, que es casi cuerpo a cuerpo, se complica por la mala imagen que están dando, en general, los políticos y su guerra permanente de acusaciones y chicanas. No sabemos hasta dónde, por ejemplo, las pasadas "persecusiones" judiciales a Cristina le jugaron, de algún modo, a favor. Pero, si así hubiera sido al menos en parte, es probable que las actuales "persecusiones" judiciales a Mauricio Macri puedan tener similar efecto. Se viven “reviviendo” entre sí, de tal modo que los jueces, a los que nadie elige y menos para para eso, se afianzarían como los verdaderos dueños de una simbología política nacional partida en dos.
Quiero decir que la cerrazón en lo que llamamos “la grieta” se ha convertido en un arma de doble filo: si se la pone por sobre todas las cosas, es cada vez más amplio el sector social que huye hacia otra parte; si se la descarta, son los electorados cautivos quienes pierden entusiasmo. Con grieta pierden algo y algo pierden sin grieta.

La vuelta a escena del Alberto Fernández paternalista y más conversador que gritón funciona en espejo con el virtual lanzamiento de la campaña presidencial de Horacio Rodríguez Larreta: los dos hurgan en el centro. El Presidente, para recuperar aunque sea un poco de lo que lo llevó a ganar en primera vuelta dos años atrás. El Jefe de Gobierno porteño, para irse imponiendo como un líder capaz de sucederlo en 2023. Las denuncias e insultos cruzados entre los “halcones” de Juntos y kirchneristas puros como el “Cuervo” Larroque o Mayra Mendoza buscan preservar lo propio y, más que confrontar con los clásicos rivales, buscan restarle votos exasperados a ese espectro partidariamente indefinido que representa el fenómeno porteño de Javier Milei y también se expresa en banderas y estrellas rojas.

El único expresidente vivo aparte de Cristina y Mauricio, es Eduardo Duhalde. Nunca lo avalaron los votos, pero curiosamente ha sido el único de su especie que no se vio forzado a pasar sus días post presidenciales recorriendo juzgados. Pues bien: Duhalde dice que los números de la pobreza en la Argentina obligan por igual a oficialistas y opositores a ponerse de acuerdo con urgencia para resolver el problema de los problemas.
Lo que Duhalde dice, a regañadientes, es que nadie puede solo y sin el kirchnerismo no hay solución posible. Tampoco, claro, sin su contraparte (que, dicho sea de paso) se asusta y se desdibuja fácil. O sea: si el problema es la existencia del otro, quiere decir que no hay la más mínima intención de entender el verdadero problema. En síntesis: las confrontaciones electorales no están representando el sentir cotidiano de la población.

Por eso, la misión del Presidente desde el 15 de noviembre más bien debería ser una invitación a la convocatoria más amplia en torno a un para qué convocante, sin matar a nadie ni dejarlo afuera. Cuando faltan tantas cosas, no sobra nada. Ni básicamente nadie, ¡qué le vamos a hacer!

por Edi Zunino

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