sábado 25 de junio de 2022
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La milenaria historia del carbón

PODCASTS | Por Esteban Nigro | 05 de February 20:25

Salimos a buscarlo por el barrio, por ejemplo, cada vez que queremos hacer un asado en la ciudad. Lo asociamos a crisis económicas en películas inglesas como Billy Elliot. Incluso lo recordamos como pastillas que alguna vez nuestra madre nos hizo tragar prometiendo que esa vergonzosa colitis terminaría pronto. 

El carbón vegetal existe desde hace miles de años. Desde épocas remotas el hombre junta leña seca, arma una pila, la cubre de hojas verdes, por último tapa todo con tierra y enciende por debajo un fuego. El proceso de convertir leña en carbón, no es tarea sencilla. Debemos cuidarnos de que la combustión sea lenta y con mínimo oxígeno, ya que si nos distraemos nuestra leña ardería como lo hace en un fogón. Pero... ¿cuál es la ventaja de hacer carbón vegetal? ¿Por qué hace tantos años lo venimos haciendo? La respuesta es su poder calorífico. Hace tiempo el hombre descubrió que las calorías que emitía el carbón al arder, era por lo menos el doble que la madera. De hecho, si no hubiese existido el carbón vegetal, jamás el hombre podría haber conseguido las temperaturas necesarias para fundir metales y por tanto no hubiese existido la edad del Hierro. Las elevadas temperaturas que se requieren para fundir la mayoría de los minerales no pueden alcanzarse combustionando simplemente madera.

Pero no sólo para fundir metales el hombre viene creando carbón vegetal a lo largo de la historia. La pólvora se compone de un 75 % de nitrato de potasio, un 12 % de azufre y un 13 % de nuestro amigo, el carbón vegetal. Sin este último, jamás  se hubiese descubierto que todos estos ingredientes al quemarse producen un gas que tiende a ocupar un volumen 400 veces mayor que la mezcla original, produciendo una fuerte presión en las paredes del recipiente que los contiene.

En el siglo XVI, hubo una explosión demográfica en Europa que generó una sobreexplotación de bosques para el uso hogareño de la madera. A eso se le sumó la expansión de sus potencias por el mundo comercializando con Asia, África y América a través de sus barcos. Esto trajo aparejado no sólo la mayor demanda de madera para construirlos, sino para crear carbón vegetal con el que fundir metales para dotar de cañones y armamento en alta mar. Rápidamente los europeos se dieron cuenta que se quedarían en pocos años sin bosques, por lo que había que buscar una alternativa a la madera. Allí, Inglaterra recordó sus minas de carbón mineral que desde tiempos remotos explotaba pero apenas como una pequeña industria. El carbón mineral tiene origen en grandes acumulaciones de flora que en zonas pantanosas al morir quedan sepultadas en el fondo del agua. La ausencia de oxígeno y la presión que ejerce los cientos de metros de sedimento que así se acumulan por miles de años, terminan compactando esa materia orgánica y creando después de millones de años carbón mineral. A medida que se va compactando su nombre cambia y su poder calórico mejora: comienza como Turba, pasa a Lignito, después Hulla y finalmente Antracita. A lo largo de la historia, el hombre ha ido en búsqueda de ellos debajo de la tierra, de allí las clásicas galerías subterráneas, rostros ennegrecidos y cascos con linternas que asociamos a la vida del minero. 

A comienzos del 1600, se descubrió en Inglaterra que si cocinaban el carbón mineral en ausencia de oxígeno, tal como se hacía con la madera para conseguir el carbón vegetal, obtenían un súper carbón que llamaron coque de uso seguro y poder calórico excelente. Y a partir de ahí Europa comenzó a fundir en cantidad casi cualquier mineral y a muy bajo costo. Así como el carbón vegetal había dado origen alguna vez a la edad de Hierro, el coque abrió las puertas a la primera revolución industrial. 

Para colmo de bienes, la cocción del carbón mineral para crear coque, liberaba metano y rápidamente se le encontró su uso distribuyéndolo mediante cañerías para lámparas en el alumbrado público y en domicilios de familias pudientes. Si saltamos el charco del Océano Atlántico y nos ubicamos ahora en Buenos Aires, sorprende saber que a partir de esta tecnología en 1850 se creó la Compañía Primitiva de Gas. ¿Y en dónde? Ni más ni menos que en la actual Plaza Fuerza Aérea frente a la estación Mitre en Retiro, exactamente donde se ubica hoy lo que conocemos coloquialmente como el reloj de los ingleses. En la Compañía Primitiva de Gas se cocinaba carbón mineral traído de Inglaterra, obteniéndose el codiciado coque y gas metano que durante muchos años alumbró la actual plaza de Mayo y todos los faroles del antiguo casco porteño. 

De aquella tecnología del gas obtenido a partir de carbón mineral, nos queda como vestigio el último de los 12 gasómetros que tuvo la ciudad y que hoy encontramos en Avenida General Paz y Constituyentes. Construido por una empresa alemana en 1949, almacenaba el gas por las noches y durante el día lo distribuía a la red domiciliaria. Pero lamentablemente su uso fue de tan sólo 6 años: al poco tiempo se construyó un gasoducto que desde Comodoro Rivadavia trajo gas de origen petrolífero mucho más económico. Esto marcó el fin del metano creado a partir de carbón mineral.

por Esteban Nigro

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