domingo 18 de abril de 2021
Perfil

Angela Carter, dos duraznos y el deseo de los demás

PODCASTS | Por Elsa Salzmann | 26 de February 19:05

"Empecé a escribir piezas breves cuando vivía en un cuarto demasiado pequeño como para escribir en él una novela", dice Angela Carter en un epílogo a Fuegos artificiales, para subrayar las ventajas de la concentración narrativa frente a la proliferación de las novelas. Angela Carter nació en el condado de Sussex, al sur de Inglaterra  y a causa de los bombardeos alemanes durante la segunda guerra mundial, fue evacuada a Yorkshire, donde pasó varios años con su abuela materna. Al término de la guerra, se instaló con su familia en Londres. Publicó su primera novela, Shadow Dance, en 1966. Al año siguiente apareció La juguetería mágica (The Magic Toyshop) llevada posteriormente al cine y varias novelas más en los años siguientes . Quemar las naves reúne cuatro libros: Fuegos artificiales (1974), La cámara sangrienta (1979), Venus Negra (1985) y Fantasmas americanos y maravillas del Viejo Mundo (1993).

Entre sus tantos cuentos podemos recordar en El gabinete de Mr Poe en Venus Negra la anti- biografía de Edgar narrada desde el punto de vista de la madre de Edgar, una pieza feminista avant garde llena de gracia, humor e invención. También , la dulzura nunca empalagosa de El Niño del soufflée. Pero hay una escena que permanece intacta en la memoria del lector:es al comienzo de La costurera de patchwork donde la narradora dice: “En algún momento de mi trigésimo año (hace hoy una década), estaba yo en la Greyhound Bus Station de Houston, Texas, con un hombre con quien por entonces estaba casada. Me dio una moneda norteamericana del valor más bajo (normalmente llevaba él todo nuestro dinero porque no se fiaba de mí). En unos compartimentos individuales de una enorme máquina expendedora de aquella estación de autobuses había sándwiches envueltos en celofán, galletas y chocolatines. En un compartimento había dos duraznos, Dixie Reds de mejillas rugosas con pinta de alfileteros victorianos. Uno era grande. El otro era pequeño. Yo escogí deliberadamente el pequeño.–¿Por qué has hecho eso? –me preguntó el hombre con quien estaba casada.–A lo mejor alguien quiere el durazno grande.–¿Y a ti qué más te da? Fijo el momento de mi deterioro moral en ese instante. No, en serio. ¿No veis, gracias a esta anécdota del durazno, cómo me habían criado? No es que yo pensara (de verdad que no) que no me merecía el durazno grande. Ni por asomo. Era que –ahí residía toda mi educación básica– todos mis valores interiorizados me dictaban que dejase el durazno grande para alguien que lo quisiera más que yo. Guardaba el mayor de los respetos por los deseos de los demás.” Angela Carter murió a los 51 años, pero tuvo el tiempo justo y necesario para dejarnos reflexionar sobre la necesidad y el deseo de los demás.

Elisa Salzmann, para Radio Perfil.

por Elsa Salzmann

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